Sí, la música clásica y la música pop se miran de reojo, con desconfianza; probablemente la primera envidiando la popularidad de la segunda y esta última, la respetabilidad de la anterior. La solución obvia, el combinarlas, ha sido más motivo de crujir de dientes que de disfrute, al menos para los que se preocupan más por el interés del resultado que por la ósmosis de las connotaciones extramusicales ya citadas, como el prestigio o la popularidad. Por lo menos en lo que se refiere al gran formato –en música de cámara si ha habido algún experimento interesante, como el disco que hizo Elvis Costello con The Brodsky Quartet–. En lo que se refiere a orquestas sinfónicas, la práctica totalidad de los intentos efectuados han oscilado entre el ridículo sinsentido y la estéril vacuidad. No pretendo hacer una historia exhaustiva de estos horrores, me limitaré a mencionar algunos hitos de estas fallidas combinaciones, sin pretensión alguna de rigor histórico ni análisis en profundidad. Solo con la intención de que se aprecie mejor el contraste con la música protagonista de esta edición de La canción del viernes.
Es probable que uno de los primeros ejemplos sea el pretencioso concierto para orquesta y grupo de Deep Purple, claro ejemplo de conjunto de músicos virtuosos de rock, intentando equipararse a músicos con sello y garantía de excelencia como los de una orquesta sinfónica (perpetrando para ello incluso un solo de batería inexplicable en ese contexto). El resultado es un pastiche sin demasiado sentido musical que ha envejecido bastante mal y que fuera de aquellos años de perpetuo trip (estoy hablando de 1969) no tiene ni gracia ni sentido más que como curiosidad algo ridícula y kitsch. La cara de no entender N-A-D-A de buena parte del público (excepto algunos, obviamente dopados hasta las cejas) es bastante significativa.
Unos años más adelante (principios de la década de los 90 del pasado siglo), el temible Clapton, no contento con su habitual blues-rock pálido de consulta de dentista, se sumó al fenómeno en este Orchestra Nights, con menos pelo que los rocosos rockeros de Deep Purple pero similar gracia (es decir, no demasiada). Aquí el exhibicionismo gratuito se ve bastante reducido, lo que en cierto sentido es de agradecer pero, a cambio, nos priva del lado cómico del asunto. Menos mal que para remediarlo no falta el señor calvo ese que parecía siempre recién llegado de la entrega del Premio Nobel de la pandereta y que era acompañante habitual de Clapton en estos saraos. La pega aquí, en el terreno estrictamente musical, es la nula sintonía entre ambos mundos. La orquesta podría estar tocando en Marte o no estar tocando en absoluto, el efecto sería el mismo. Se alternan desmañadamente fragmentos puramente orquestales con otros en los que ejecutan un acompañamiento tan ignorable que, como digo, lo mismo sería si no estuviesen. Creo que es, claramente, el caso ya mencionado de pasaporte a la respetabilidad by-the-face, ya que al señor manolenta parece importarle un cojón la presencia musical de la orquesta más allá de conseguir el titular "Clapton con orquesta".
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| El primer y último tambourine-hero. El Rey de Suecia le acaba de llamar |
Antes de pasar al motivo del artículo, me permito incluir un último ejemplo de dislate sinfónico-rockero en su máxima expresión. Tan ridículo que hasta tiene su gracia; los hijos del metal es lo que tienen, que cuando se ponen a desbarrar son encantadores. Es curioso también que un pueblo tan serio como el alemán sea tan dado a la hipérbole y al disparate, pero hay que rendirse a la evidencia; de Wagner a esto, pasando por el III Reich... cuando se ponen, es que se ponen a tope. O sea, los Scorpions rockeando duro con la Orquesta Filarmónica de Berlín.
Y llegamos a 2012 (es seguro que ha habido más ejemplos y hasta es posible que alguno de ellos tuviera interés, pero voy a pasar ya al meollo de la cuestión). En ese año Calexico –grupo norteamericano conocido por su sofisticado pop-rock ambiental de aires tex-mex– grabaron el disco Spiritoso, un disco en directo en el que son respaldados por una orquesta sinfónica. El vídeo adjunto no recoge una de las interpretaciones que vienen en el disco (son otros conciertos, en algún caso con otra orquesta), pero sirve perfectamente para ilustrarlo. A mi particularmente me gustan más las grabaciones que se pueden encontrar en youtube con la orquesta de la ORF vienesa, grabadas para FM4 radio, que las que vienen en el disco, siendo ambas realmente buenas.
Rastrear las publicaciones y ediciones de dicho disco es algo complejo; inicialmente fue una publicación exclusiva para el Record Store Day –un evento internacional algo friki sin mucha repercusión aquí en España, aunque sí en otros países–, posteriormente fue incluido como bonus en alguna ediciones de su último disco en estudio (Algiers) y finalmente, en 2013, ha sido publicado independientemente. Pero háganme caso por una vez: si tienen la oportunidad, háganse con él. Es una auténtica joya.
Se nota desde el principio que el tono es bien diferente al de los ejemplos puestos anteriormente. La filosofía está más cercana quizás a aquellos discos sinfónicos de los Moody Blues –aunque creo que de una manera más natural y conseguida, con menos complejos y pretensiones– que al orquestazo gratuito y metido con calzador más por aparentar que por otra cosa. La orquesta se integra perfectamente con el sonido del grupo, sin producirse ninguna pugna por el protagonismo y añadiendo matices que no se encuentran en las versiones previas de las canciones. A las dos tradiciones musicales norteamericanas, la anglosajona y la hispana de uno y otro lado de la frontera mejicano-estadounidense sobre las que gravitan usualmente sus canciones, añaden la de la tradición musical clásica europea, sin que el resultado se desequilibre. La orquesta es usada como otro integrante más del grupo; es decir, el resultado sigue siendo música pop, pero con otros matices y sonoridades que llevan las canciones a algo cercano a una banda sonora de Morricone –creo que, en el fondo, lo que siempre han querido hacer Calexico–, sin perder ni un ápice de su esencia.
Por supuesto, el México que retratan Calexico en sus canciones es puramente imaginario. Dudo que ningún nativo del país azteca sienta como suya esa música, pero es una licencia artística no solamente disculpable, sino hasta loable. Tiene más mérito e interés el imaginar algo que el meramente retratarlo. A mí, a pesar de que creo que abusan de las piezas instrumentales y ambientales me resultan muy interesantes, incluso por momentos, fascinantes. Tienen, además, el raro don de escribir canciones pop redondas; arte que, como queda dicho, dosifican bastante. Aún así, en cada disco se pueden encontrar una o dos piezas notables, de las que se adhieren a la memoria fácilmente y sin alardes. Como esa Crystal Frontier de sus inicios, que siempre he imaginado como tema central de la banda sonora perfecta para el western que esbozó Baricco en City y que sigo esperando que David Lynch se anime a realizar. Canción que también aparece en estos conciertos orquestales en versión extralarga, mitad solemne elegía, mitad apoteósico mariachi-rock sinfónico.
Creo que, en general, Calexico es un grupo mal entendido y peor tratado por la crítica, digamos... purista o auténtica. Esa que trata de salvaguardar las esencias de la música rock, incidiendo continuamente en comparaciones con el grupo del que proceden –Giant Sand– cuando está claro que son dos conceptos muy diferentes, cada uno con sus pegas y sus méritos y que no es necesario criticar a unos para alabar a otros. Se le suele achacar a los chicos de Calexico una calculada frialdad y sofisticación, el prestar más atención a las formas que al fondo; en definitiva, el ser poco menos que un grupo de laboratorio. Algo que creo fácilmente refutable viendo o escuchando cualquiera de sus directos, donde demuestran andar sobrados de solvencia y calidez, como este que nos ocupa sin ir más lejos.
Terminemos, a modo de propina, con la pieza con la que cerraban estos conciertos orquestales, Fortune Teller, de su último disco en estudio, el ya mencionado y también bastante notable "Algiers". Otra de esas canciones redondas que, como se puede ver en este otro directo, también se sostiene perfectamente en formato trío, sin más adornos ni aparato orquestal.
Solo ver lo bien que se lo pasan los miembros del grupo, los de la orquesta (y el público), es síntoma claro de que esto es de verdad. Realmente, la música debería ser siempre algo así... Aunque sea el arte abstracto por excelencia, la matemática emocional de la música y la capacidad de conectar a la gente, creo que son las cosas que mejor encarnan las virtudes que tiene el género humano. Si alguna vez la humanidad se ve en un banquillo acusada de los muchos horrores que sin duda hemos cometido, siempre podremos alegar como eximente: "Vale, pero tuvimos a Beethoven". Y alguno podría añadir, aunque sea en voz bajita, para que no le oigan: "... y aquel disco de Calexico que sonaba a gloria bendita".


Dejando a Beethoven a un lado, la verdad es que si que suenan a gloria bendita!
ResponderEliminarAmén hermano.
ResponderEliminarLo de Beethoven, obviamente, era por poner algo que pueda ser reconocido como "lo máximo en música", no pretendía entrar en comparaciones. Afortunadamente, por debajo de ese máximo hay cosas que merecen mucho la pena, como esta.