17 de octubre de 2014

Cinco minutos de discreta perfección. Marianne Faithfull

Marianne Maithfull. La reina del dramatismo enigmático
La perfección es algo que, por definición y por pura estadística, es sumamente raro. Más aún en la música pop que, también por definición, es practicada por mucha gente y, por tanto, por una gran cantidad de mediocres. Normalmente la perfección es algo evidente, algo que te salta a la cara y te zarandea el cráneo, haciendo imposible el ignorarla. Mucho más raras –y por tanto, más preciosas– son las ocasiones en las que la perfección pasa, o trata de pasar, de puntillas.


Una de esas raras ocasiones se produjo a finales de noviembre de 1989, en Nueva York. Marianne Faithfull grababa en la catedral de Santa Ana en Brooklyn un disco en directo (Blazing Away), quizás en el cénit de su popularidad, después de una serie de notables discos publicados durante la década precedente.

La perfección –evidente o no– no es algo que surja así como así. Surge del talento, la actitud y la dedicación si se dan las circunstancias adecuadas. Hay que tener los ingredientes justos y necesarios y luego ya se verá. Pero los ingredientes estaban ahí. Marianne Faithfull nunca ha sido una cantante especialmente dotada desde un punto de vista técnico, pero su carisma y personalidad encajan como un guante en un estilo enigmático y dramático –una suerte de cabaret music elegante, reposado y melancólico– en el que luce como pocos en la historia de la música pop. Añádase una canción de Tom Waits que parece hecha para ella. Bueno, para ser sinceros no es que lo parezca... realmente fue hecha para ella. Súmese a todo ello una banda de lujo, también sobrada de talento, todo un who-is-who de la música con intríngulis y fundamento: entre otros profesionales sólidos y de prestigio hay que citar a Garth Hudson, de The Band; a Dr. John, el rey del blues/soul de Nueva Orleans; a Fernando Saunders, bajista y mano derecha de Lou Reed durante gran parte de su carrera y a Marc Ribot, que prestó su venenosa y punzante guitarra a alguno de los más brillantes discos de Tom Waits. Supongo que el escenario, solemne y majestuoso, también contribuiría a crear el ambiente mágico preciso para que esa elusiva perfección se manifestase. Este es el resultado.



Lo más notable es el acompañamiento mínimo, apenas unas pinceladas sobre las que la recia y nicotinizada voz de la Faithfull desgrana casi con desprecio una de esas desoladas historias crepusculares tan propias de Waits y de la misma intérprete. El acompañamiento no es notable por su brillantez y virtuosismo, sino por su discreción y casi monástico recogimiento, diríase que hecho ad hoc para el escenario.

Alguno podría decir que disponer de unos músicos tan brillantes y capaces para ponerlos –condenarlos, dirían los más extremistas– a tejer ese casi imperceptible colchón musical es un desperdicio. Yo discrepo. En primer lugar, es la misma lógica falaz que propugna usar vinos infames para cocinar (una lástima malgastar un vino bueno, etc.). Si los ingredientes no son buenos, el guiso será una porquería. En segundo lugar, las congregaciones de músicos brillantes dedicados a lucirse alternativamente son como una pelea de gallos en las que las plumas, la sangre y el horror vuelan en todas direcciones. Puro gore musical. Véase la carrera de Eric Clapton, desde sus inicios en Cream hasta sus participaciones en megaconciertos de all-stars, terrorífico subgénero del arena-rock ochentero dedicado a acumular tantas estrellas sobre el escenario como fuese posible, con grave riesgo para la normal curvatura del espacio-tiempo. Solo con Derek and the Dominos dio el necesario pasito atrás para que las canciones pudieran respirar (me gustaría saber que clase de drogas le suministraron para que se estuviese tranquilito). En tercer lugar, los músicos aquí reunidos –aunque estelares– no son de los que buscan el lucimiento propio. pertenecen más bien a la raza de los que saben utilizar sus brillantes recursos para que la canción o el cantante se vean realzados, ya sea por su usual papel de secundarios de lujo (Saunders o Ribot), ya sea por una elección estilística en la que el gusto y la mesura están por encima del las tendencias exhibicionistas (Hudson o el señor Rebennack).

Son cinco minutos. Cinco minutos de calmada, discreta y sublime perfección, Si dispusiese de una máquina del tiempo (difícil, lo sé) y tuviese el dinero para costear la gasolina y el seguro (aún más difícil), no se me ocurre ahora mismo un momento y lugar mejores a los que trasladarme que a ese 26 de noviembre de 1989 en la catedral de Santa Ana en Brooklyn. Mañana igual se me ocurre otro momento mejor, pero seguiré sin tener el maldito trasto así que tanto da.

2 comentarios:

  1. El clásico "con buena picha, bien se jode".

    Toda una sorpresa ver al señor Rebennack y al señor Hudson en estos fregaos, realmente consiguen darle un sabor especial.

    ResponderEliminar