Véase si no a estos paletos de la Britannia suburbana profunda. Escasamente romanizados, con su esencia bárbara intacta, llevando el peligro y el odio en las venas. Es difícil distinguir lo que dicen para alguien como yo, que nació para señorito aunque no ejerza, que su lengua materna no es ese bárbaro dialecto y que, dado el endiablado acento que gastan los pollos, lo mismo sería que estuviesen gritando en chino mandarín. Sin embargo, no me cabe la menor duda de que están terriblemente cabreados y que, seguramente, sus buenos motivos tendrán para ello.
Me simpatizan. Al escucharles, me dan ganas de romper cosas, de mearme en la carroza de la Reina (a la que Dios salve muchos años) y de beber hasta perder el poco sentido que me queda. Por supuesto, no voy a hacer nada de todo eso. Estoy demasiado viejo y cansado para ello. Pero me es fácil imaginarme el impacto que puede tener eso en un jovenzuelo fácilmente impresionable –ya de por sí, por razones puramente hormonales, tendente al alboroto– y el destrozo que puede causar dicho impacto emocional en el mobiliario urbano de alguna barriada deprimida de los dominios de su Graciosa Majestad. A ver si a ustedes les causa el mismo efecto.
Inmenso, ¿verdad? Cualidades musicales tiene pocas, por no decir ninguna. De hecho, no creo que esto se pueda calificar como música pop, ni más específicamente como rock and roll o punk, ni nada semejante; es... otra cosa. Una en la que el odio y el cabreo se manifiestan nítidamente. Una sensación reconfortante que, estaremos de acuerdo, es más sano para la sociedad experimentar así que no liándose a pedradas con el prójimo. Lo que decía de las capacidades terapéuticas de la ira.
He de decir que el formato que manejan me resulta bastante novedoso: hay trazas de hip-hop, pero en un sentido aún menos musical; hay también de eso que los anglos llaman spoken-word y los de aquí, monólogo (aunque no en el sentido graciosete al que suele ir unido); la base sobre la que se desgañita el tipo, es algo más simple y esquemático que la canción punk más tontorrona que se pueda imaginar. Todos esos ingredientes de escasa musicalidad son servidos con el cazurrismo hooligan y alcohólico que solo una sociedad tan clasista y represiva como la británica puede generar como subproducto social. O sea, una mezcla violenta y de alta graduación, desprovista de la mayor parte de los elementos musicales de Beastie Boys con Henry Rollins y Cockney Rejects. Un desastre para los que estén interesados en la música, vaya. Pero funciona, vaya si funciona. ¿Y qué me dicen del tipo de atrás? Alguien cuyo trabajo consiste en darle al play y tomarse unas birras mientras el otro tío se vuelve loco es, por definición, el puto amo.
Me viene a la cabeza 1984 de Orwell en dos sentidos casi contrapuestos; desconozco cuál de ellos se corresponde más estrechamente a la realidad ni cuál de ellos es más inquietante. Una es que, como en la novela, el peligro social o cualquier posibilidad de verdadera revolución proviene de lo que Orwell llamaba proles; concepto de clase que no se corresponde con el marxista de proletariado, sino que viene a ser (casi) todo lo contrario. No son los que ocupan un determinado lugar en la economía productiva, sino los que están fuera de ella; los deshechos sociales, los que nada tienen que perder porque nada tienen y por ello son los únicos, en esencia, libres. Un ejército cada vez más numeroso en nuestros días al verse progresivamente acorralada y reducida la clase media y de la que estos tíos pueden ser un emblema. No por ser en sí mismos miembros de esa clase –no parece que les falte para cacharritos ni para vicios–, sino por su capacidad para conectar con esos deshechos sociales, que intuyo bastante grande.
El otro aspecto orwelliano que me viene a la mente son los minutos del odio, ese ritual diario obligatorio en la que los miembros de la sociedad exorcizaban sus instintos violentos con gritos y aspavientos dirigidos contra un enemigo social, ya fuese interno o externo (en el fondo daba igual, eran todos imaginarios). ¿Es posible que cosas como estas cumplan la misma función social en nuestros días? Es decir, uno va a un concierto o escucha un disco de estos tipos, se contagia de su mal rollo, grita, quizás golpea o rompe algo y al terminar (ya habiendo gastado sus fuerzas en el proceso) queda suave como la seda, incapaz de enfocar efectivamente su rabia contra nada real por haberlo gastado ya todo.
En otras palabras, ¿son revolucionarios o contrarrevolucionarios estos Sleaford Mods? No creo que el contenido de este corto documental sobre ellos arroje ninguna luz sobre mi esotérica pregunta; lo más probable es que solo quieran otra birra. Además, en realidad es absolutamente irrelevante; yo me conformo con disfrutar y experimentar su mal rollo. A pequeñas dosis, eso sí, a pesar de ser yo mismo un deshecho social, tengo cosas en casa que no quisiera acabar rompiendo.

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