31 de octubre de 2014

Cuando los caballeros hacían r'n'r. Tennessee Ernie Ford

Tennessee Ernie Ford, un galán antiguo rocanroleando
Hubo un tiempo en el que el rock and roll no era necesariamente cosa de jóvenes airados. Este añadido a posteriori, por motivos de marketing fundamentalmente, ha servido no solo para vender discos a jóvenes confusos y ansiosos de un modelo con el que identificarse, sino también toneladas de chupas de cuero, jeans, brillantina y otros adminículos estéticos que constituyen la imagen del joven rebelde y que no son necesarios para hacer (ni para escuchar) rock and roll.


Sí, hubo un tiempo en el que los caballeros podían hacer rock and roll. Y me refiero a caballeros de verdad; de los de traje cruzado, bigotito a lo Clark Gable y nudo Windsor en la corbata. No; si se ha perdido usted en unos grandes almacenes, ha preguntado por la salida y ha recibido ese apelativo, no cuenta. Se lo dicen a cualquiera, hasta a mí me lo han dicho. Me refiero a tipos como este Tennessee Ernie Ford, con esa planta de galán de mediados del siglo pasado, de los que hacían temblar las piernas a nuestras abuelas, ¿Que no se imaginan a un tipo así dándole al rock and roll? Bueno, vean esto y díganme qué demonios es lo que está haciendo.



Ningún tupé aceitoso ni ningún bola ocho del infierno podrían hacer sonar esta canción más cool ni con más swing. Y es que en esta época, la era dorada de los entertainers, para subirse a un escenario había que ser un profesional todoterreno y acometer con convicción y solvencia lo que te pusieran por delante. Y el rock and roll no estaba, ni mucho menos, en las antípodas del terreno natural del señor Ford que era, fundamentalmente, el country y el gospel; géneros que cualquiera que se moleste en desbrozar el frondoso árbol de la música popular americana del siglo XX, encontrará que son la raíz de casi todo, incluyendo al rock and roll.

La canción, de hecho, es un clásico del country, compuesto por Merle Travis (aunque hay cierta controversia al respecto, siendo atribuida también a George Davis, un semidesconocido cantante folk y ex-minero)  y grabado o interpretado posteriormente por multitud de artistas en todos los estilos e idiomas imaginables. Desde el propio Elvis Presley, que la solía interpretar en directo en sus inicios, aunque no la llegase a grabar, a esta simpática aproximación hard-rock de ZZ Top, pasando por Eric BurdonThe Platters o el enorme Tom Jones, al que podemos ver aquí despachándose un glorioso medley de country minero (incluyendo, por supuesto, este Sixteen Tons)  junto al no menos enorme Johnny Cash. De las adaptaciones hechas –con desigual fortuna– a otros idiomas, mencionaré la bastante conseguida en italiano por Celentano, la española (algo anodina) de José Guardiola, la curiosa bossa-funk en portugués de Noriel Vilela y la decididamente psicotrópica en ¿chino? de Chang Loo.

Sirva este pequeño recorrido para dejar constancia que la canción puede dar mucho de sí en diferentes contextos... y que conste que he decidido dejar al margen ejemplos un tanto extravagantes como una versión doom-metal o al puto Coro del Ejército Rojo bajando a la mina empapado en vodka. De todas esas versiones, la que disfrutó de mayor éxito comercial –20 millones de discos vendidos, se dice pronto– y la que ha quedado como referencia canónica es, precisamente, la de este no demasiado conocido (a este lado del charco, claro) Tennessee Ernie Ford. Se podría decir de este binomio canción/cantante lo contrario que lo que proclamaban aquellos imberbes Stones; es la canción, no el cantante. ¿O quizás no?

Y es que, al igual que la canción, el intérprete también daba mucho juego. Fue una popular estrella de la radio y la televisión que cautivaba a la audiencia con su imagen de galán, su sentido del humor (véanle en el show de Johnny Cash) y su profunda voz de barítono (estupenda su interpretación de Try a little tenderness, que luego popularizaría Ottis Redding). Tenía mérito ser un destacado profesional de la interpretación musical y de la comedia para todos los públicos en unos tiempos en los que era precisamente eso lo que se demandaba (unos tiempos tan alejados, por cierto, de la segmentación extrema en la que ha devenido el mundo del entretenimiento en tiempos más recientes).

La mayor parte de su repertorio se puede incluir en la música country; considerada, eso sí, en un sentido amplio, ya que a los números acelerados les solía dar un aire boogie que los acercaban a lo que luego sería el rock and roll (algo parecido a lo que hacía Fats Domino con el blues), sirva de ejemplo este Shotgun Boogie, country'n'roll trepidante que haría palidecer de envidia al mismísimo Jerry Lee Lewis. La música gospel fue la otra rama de la música popular a la que se dedicó extensivamente, desde un humanismo cristiano preocupado por la justicia social cercano, por ejemplo, al de un Johnny Cash. En lo relativo a esto, el componente social de la música, se puede hacer notar que la misma letra de esta Sixteen Tons –una descripción bastante brutal de las duras condiciones de vida de los mineros– es algo que nos encajaría más en el repertorio de un Woody Guthrie o un Pete Seeger (los principales iconos de la canción protesta) que en el de un señor como este Ernie Ford, una estrella de la televisión para todos los públicos. Volviendo al gospel, aunque sin abandonar el tono social, podemos verle cantando con la grandísima Odetta, en una época en la cual ver a artistas blancos y negros juntos en un escenario o más aún en un plató de televisión no era precisamente la norma.

En esta ocasión, al contrario que otras veces, no he incluido observaciones o reflexiones de índole personal. Creo que es más ilustrativo que sigan los enlaces con los que he sembrado el texto y que la música hable por sí misma. Profundizar (aunque sea ligeramente) en la obra de este intérprete ha sido un placer que les animo a ustedes a darse. Descubrir o redescubrir grandes canciones provenientes de otros tiempos –no me atrevo a decir si mejores o peores que los actuales, ya que mitificar algo que no se ha conocido de primera mano creo que es un error– puede, en cualquier caso, servir para reflexionar sobre cómo ha evolucionado el sentido del espectáculo y del entretenimiento en nuestra sociedad y qué consecuencias tiene ello sobre nuestras expectativas culturales y nuestras vidas. Unas reflexiones que supongo inquietantes y, por tanto, deliciosas. A todos, creo, nos gusta experimentar el vértigo del abismo de vez en cuando.

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