Hay veces en las que es difícil no perderse en esas consideraciones. Veces en las que el contenido, por bueno que sea, no impide que un sentimiento agridulce se apodere del aficionado que se da cuenta de que algo definitivamente no está en su sitio. Por ejemplo, ¿no deberíamos alegrarnos de que dos leyendas de la música popular electrificada se junten para grabar unos de los más vibrantes discos de rock and roll de los últimos tiempos? La respuesta parece obvia. ¿Por qué no íbamos a alegrarnos? ¿Quién es el cenizo que no se iba a alegrar por algo así? ¿Está muerto el rock and roll? Bueno, antes de deprimirme y deprimirles con más apocalípticas consideraciones, veamos de lo que estamos hablando.
Estamos hablando de unos señores de setenta años (70 Daltrey, 67 Johnson), tocando para una audiencia de tipos de cuarenta y tantos. Estamos hablando de señores que se han ganado el derecho a una digna jubilación y que, en buena lógica, deberían estar contando batallitas con una pinta en la mano a admirados jovenzuelos y no arriesgando una rotura de cadera contoneándose espasmódicamente encima de un escenario a estas alturas. Pero hay dos problemas en este planteamiento. En primer lugar, a dichos jovenzuelos se la pela esto del rock and roll; en segundo lugar, si venerables ancianos como estos no hacen cosas así, nadie las haría.
Sin duda, es encomiable que mantengan las garras afiladas a estas alturas, que la guitarra epiléptica de Wilco Johnson siga sonando tan punzante como siempre, que la voz de Daltrey –aunque, evidentemente, no en su mejor momento– siga tronando por encima de un rock and roll trepidante y que todavía haya gente interesada en ello. De hecho, probablemente sea lo más interesante que haya hecho el señor Daltrey fuera de los Who (su carrera en solitario, salvo contadas excepciones, es bastante olvidable) y está en la línea de lo que siempre ha hecho Wilco Johnson, un tipo aún más constante y cerril que los Ramones en la fidelidad a un estilo dentro del que siempre mantiene un nivel notable. Este disco, de hecho, es más un disco de Johnson en el que canta Daltrey que otra cosa, así que ya saben lo que van a encontrar: energético y saltarín rhythm and blues a troche y moche, la banda sonora perfecta para una borrachera de cerveza mientras intentan atinar con unos dardos que se escurren de las manos en una diana que se mueve obstinadamente de un lado a otro.
Y es que esto es una banda de bar. Con el oficio que da el llevar casi medio siglo encima de las tablas, con el carisma de unas leyendas de esto del rock and roll, pero en definitiva nada más (y nada menos) que una competente banda de bar. No esperen nada nuevo. No sería justo hacerlo así, ya lo hicieron en su momento. Ahora debería ser el turno de otros para volarnos la cabeza con algo incontestable, apabullante y fresco. No es culpa suya que no parezca haber alguien dispuesto a tomar el relevo de lo que hicieron ellos hace cuarenta años.
¿Qué quieren que les diga? Encuentro algo deprimente que dependamos de unos tipos de setenta años para mantener viva la tradición de una música estimulante y revitalizante como pocas en la historia de la música popular, pero es lo que hay. Decía Elliott Murphy en su Last of the rock stars: "Rock 'n roll is here to stay but who will be left to play?" Hace cuarenta años era un recurso lírico, una rima fácil que empujaba la canción y el ánimo hacia un horizonte que se adivinaba inalcanzable y, por tanto, deseable. Hoy, quizás, estemos ya a las puertas de ese horizonte que ayer parecía infinitamente lejano y solo nos queda mirar hacia atrás. El camino fue apasionante en cualquier caso. Que nos quiten lo bailao, si hay huevos.

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