Pero aún dentro de los artistas de culto hay categorías. Los hay que al cabo del tiempo acaban trascendiendo los límites de la figura de artista maldito o de culto –un Nick Drake, por ejemplo–, bien sea por suerte, por haber encandilado a algún gurú o artista popular que ayuda a difundir su obra o por ser realmente tan buenos (y lo suficientemente accesibles para los gustos de una determinada época) que no pueden permanecer ignorados. Otros trascienden esos límites con trabajo, reorientando su carrera y encontrando un nuevo público, quizás intercambiando parte de esa aura mágica del inicio por oficio –piensen en un Elliott Murphy–. Otros se desvanecen casi totalmente, quedando como una pequeña nota a pie de página en enciclopedias de vocación exhaustiva de algún género reducido –los Penny Peeps que abrieron esta sección podrían ser un buen ejemplo–. Otros, no hace falta decirlo, desaparecen del todo al no haber logrado interesar a un número suficiente de personas que permitan transmitir el legado a través de los años; siguiendo la metáfora inicial astronómica, serían esa elusiva materia oscura de la que hablan los astrofísicos y que dicen que conforma la inmensa mayoría de la materia del universo aunque no pueda ser detectada de una manera directa. Realmente tenemos que ser conscientes de que por cada artista memorable y famoso hay cientos o miles de los que no llegamos siquiera a tener noticias, algunos de ellos (necesariamente, muy pocos) tan buenos o más en lo que se refiere a méritos puramente artísticos que los que alcanzan la fama.
El último grupo y al que creo que pertenece la artista de esta semana es el de los que consiguen permanecer en la memoria, pero en un plano secundario y con escasas o nulas posibilidades de trascender. Ese último grupo es, quizás, el más triste al que se puede pertenecer. Las escasas personas que mantienen vivo su recuerdo ven en el artista en cuestión algo especial y perciben su permanencia en el limbo como algo injusto, inspirando más lástima que admiración, el peor motivo, creo, por el que merece ser recordado un artista. Mejor juzguen ustedes qué sentimientos les inspira su música por sí misma, intentando olvidar por un momento su condición de artista maldita.
Judee Sill fue una artista californiana que únicamente grabó dos discos a principios de los años 70. Se la podría incluir dentro de aquel estilo folk-rock con cierto aire pop y voz femenina tan en boga en aquellos años y de las que Joni Mitchell o Carole King podrían ser las más típicas referencias. Judee Sill, creo, tanto en su faceta de compositora como en la de cantante podía mirarles a la cara a ambas sin ningún complejo. Había, además, en su música algunas cualidades únicas que la diferenciaban de esas otras cantautoras más apegadas a la música de raíces americana, acercándola en algunos aspectos al folk británico de Fairport Convention, Pentangle o Steeleye Span, con canciones de estructuras más complejas, acompañamiento orquestal y un uso de las armonías vocales más influenciado por la música coral clásica que por el pop. También en la temática de las canciones marcaba diferencias con las coetáneas de su ámbito geográfico, estando muchas canciones imbuidas de una extraña y lírica espiritualidad cristiana con los toques cosmológicos pseudo-hippies propios de la época. En definitiva, un bicho raro, difícil de encasillar pero fascinante.
Por añadidura a su música un tanto extraña, aunque de fácil escucha, su difícil personalidad tampoco ayudó a hacer de ella la artista de éxito que, considerando solo su talento, probablemente merecía ser. Turbios problemas familiares y personales, una adicción a la heroína que hizo que incluso llegase a pasar un tiempo en la cárcel, un carácter excesivamente perfeccionista que afectaba negativamente al ritmo de trabajo que la industria espera de un artista pop y una personalidad aparentemente orgullosa, hicieron que cayese en desgracia a mediados de la década de los 70 (poco después de publicar su segundo y último disco en 1973) y que abandonase la música para morir de sobredosis a finales de esa misma década.
La historia de la música popular, conviene recordar, se escribe no solo con el talento de los artistas, sino también con la adecuación de los mismos a las condiciones de trabajo de su momento. Hay que encajar tanto en el mundo como en la industria para permanecer en ella el tiempo suficiente y con las condiciones óptimas para que ese talento se pueda plasmar y permanecer en la memoria. Aparentemente, Judee no encajaba ni en el mundo ni en el negocio. Quizás era, como su voz y su aspecto pueden sugerir, alguien con un espíritu similar a un personaje de sus canciones; un ángel posmoderno caído a un mundo extraño que no comprendía y al que no pudo adaptarse.
Se puede imaginar un mundo alternativo en el que esas consideraciones no importen y que solo cuente el talento; en ese mundo Judee Sill tiene la grandeza de una Joni Mitchell o una Patti Smith. Quizás fuese un mundo más agradable en el que estar, no lo sé... ese mundo solo se puede visitar en sueños o usando la imaginación y, en definitiva, la grandeza percibida a mí particularmente me importa bien poco. Pero no puedo dejar de pensar que esas circunstancias no solo le privaron a ella de un mayor reconocimiento y, acaso, de una vida más larga y feliz, sino a mi (y a ustedes, disculpen el arrebato de egoísmo) de un puñado más de canciones que nunca fueron compuestas ni cantadas y se quedaron ahí, en ese otro mundo, inalcanzables...
Despidámonos, pues, esta semana de Judee con una de esas pocas canciones que sí llegaron a nuestro mundo; una breve (menos de dos minutos) y lírica viñeta pop, que hace honor a su título. Tanto esta como la anterior, canciones incontestables, clásicos instantáneos desde la primera escucha, algo realmente raro en el mundo de la música popular donde la saturación de fórmulas similares hacen que crear algo claramente distintivo y memorable (sin el beneficio de una exposición prolongada y repetida) sea mucho más difícil de lo que parece.
Se puede pensar que solo era una yonqui mística con una voz agradable y que la cosa no da para tanto, pero... no puedo evitarlo, tengo debilidad por las guapifeas gafotas de aspecto delicado pero personalidad fuerte... y si además tienen el talento de tocarme la fibra con canciones como estas, ya pierdo la cabeza y me dan ataques de nostalgia por cosas que ni siquiera han existido. Espero que sepan disculpar las debilidades de este viejo.

Pues a mi que me recuerda a Cecilia...
ResponderEliminarReconozco que no se me había ocurrido pero sí, algo de eso hay ahí. Esta más lánguida y lírica, Cecilia más terrenal y directa, pero hay algo que las une. Bien visto.
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