También hay que considerar que parte del credo freak consiste en la adoración de lo ingenuo y tontorrón. Al ser una fe que arraiga en el corazón del freakie en su más tierna infancia, cualquier cosa que lo retrotraiga a esa infancia perdida, por lo general va a ser algo ingenuo y muchas veces bobalicón. Esto no es visto por el freakie como un inconveniente, sino como un valor en sí mismo. Es fácil simpatizar con ese punto de vista; todos hemos sido niños y sabemos las ventajas que representa esa línea de pensamiento.
Aunque la inteligencia sea el principal rasgo que nos diferencia de un manojo de espinacas, en general es una cosa sobrevalorada y mayormente un estorbo para la felicidad, el estado natural del niño y del freakie –que no es otra cosa que un niño de varias decenas de años con, en algunos casos, cuenta corriente en el banco–. Así, el espíritu acrítico es norma entre los freakies. Y si lo pensamos bien, con toda la razón del mundo. ¿Para qué criticar algo si es divertido?
Una entrañable a la par que ridículamente fanática secta dentro del mundo freak es la compuesta por los seguidores de la serie de ciencia-ficción Star Trek, los llamados trekkies. Hay que decir también en su favor que, comparados con otras sectas freak, disponen de un inusualmente alto porcentaje de chicas en sus filas, lo que debe hacer de sus reuniones algo mucho más agradable y menos deprimente que otras. Altamente organizados, disponen de todo tipo de actividades y estructuras como clubs, convenciones o academias donde se enseña el idioma klingon para satisfacer sus necesidades e impulsos. Adquieren, consumen e intercambian tal cantidad de material, que sospecho que el PIB de muchas naciones sufriría un serio descalabro si dejasen de hacerlo.
Pero no siempre ha sido así. En la actualidad, la franquicia Star Trek es un próspero negocio que genera gran cantidad de material audiovisual y merchandising. Sin embargo sus comienzos fueron difíciles y distó mucho de ser el éxito que es hoy en día. La serie original, emitida entre 1966 y 1969, estuvo varias veces a punto de ser cancelada (y de hecho, finalmente lo fue). Realmente la serie original está compuesta únicamente por tres temporadas, el resto (otras series, películas, etc.) se hicieron con posterioridad, una vez establecida firmemente como una obra de culto.
Desde el principio, el personaje más carismático fue Spock, interpretado por Leonard Nimoy. Alienígena mestizo, frío y cerebral que ponía el contrapunto a otros personajes más apasionados y terrenales, dando una nota de humor. Era algo así como el payaso serio; el tipo listo que, de tan listo que es, en el fondo no se entera de nada. Realmente, por debajo de la estética de serie B y de la fantasiosa mecánica de space-opera para adolescentes, la serie tenía una sólida estructura dramática, trabajada con herramientas clásicas en guiones y personajes. Pero aquí hemos venido a hablar de música, así que no les aburriré con consideraciones sobre otros aspectos.
Para entender bien el artefacto de esta canción del viernes, hay que entender su contexto. Como queda dicho, hoy en día hay toneladas de material para satisfacer los ávidos impulsos consumistas de sus seguidores, en 1967 no; entonces había un par de temporadas de la serie y punto. Casi nada para satisfacer las necesidades de la incipiente legión de seguidores que comenzaba a gestarse y que ni siquiera podían estar seguros de que su amada serie fuese a continuar. Es por ello que la creación de este producto fue algo probablemente arriesgado en su momento, pero con la perspectiva del tiempo, algo tremendamente perspicaz y casi visionario. Seguramente fue uno de los primeros, si no el primero, de productos paralelos y complementarios a la ficción original. Hablo, claro, de...
¡¡LA MÚSICA DEL SEÑOR SPOCK DESDE EL ESPACIO EXTERIOR!! (las exclamaciones y las mayúsculas son inevitables ante la magnitud del hecho, como comprenderán).
Lo primero que hay que hacer notar es que Leonard Nimoy –más que correcto actor, tipo inteligente y simpático y personaje casi más interesante que el interpretado por él en la ficción– no es un cantante ni de lejos. Dispone, eso sí, de una profunda voz de barítono y de dotes interpretativas que le permiten salir más o menos airoso de la papeleta. Más o menos airoso no es suficiente para pasar a la historia de la música, evidentemente: da, desde el punto de vista estrictamente musical, para no hacer el más terrible de los ridículos y poco más. Comparado con otro actor de serie B que ha hecho sus pinitos como cantante como Christopher Lee –alguien que, sin ser un cantante profesional, canta realmente bien–, Nimoy es un aficionado de nivel bajo. Claro, las cosas siempre pueden ser mucho peor; comparado con su compañero de reparto William Shatner (el capitán Kirk) pues es poco menos que Caruso redivivo.
Sin embargo, este no es un producto estrictamente musical. ¡Es el señor Spock el que canta, maldita sea! En efecto, Nimoy se mantiene en todo momento fiel al personaje, exponiendo con su resonante voz un alienígena punto de vista sobre la humanidad y el universo. En esta canción, Spock encuentra "altamente ilógico" el comportamiento romántico de los humanos, los problemas para encontrar aparcamiento y la lógica del avaro. Grandes preguntas que siguen sin respuesta a este lado de la galaxia casi medio siglo después. y que cuando uno se las plantea de cuando en cuando, le hace echar de menos la posibilidad de que le teletransporten de una maldita vez a un sitio ligeramente menos estúpido.
En cierto sentido, esto pertenece a la temible estirpe de los discos conceptuales pero, por fortuna, la posible pretenciosidad de este tipo de obras se ve rebajada por un enfoque humorístico. En cuanto a la música, pues lo esperable: un cargado cocktail de lounge espacial, un apretado compendio de la música ligera de finales de los años 60, con más fragmentos instrumentales o recitados que cantados (claramente, los productores del disco eran conscientes de que la mitad humana del señor Spock no había sido agraciada con genes para el canto). Baladas marcianas, dabadaba galáctico (ahora sabemos que Antón García Abril fue el primer hombre en llegar a las estrellas), muzak de ascensor espacial o swing pop vulcaniano (este "Highly Illogical", probablemente lo mejor del disco) se alternan en un alucinado y entretenido trip por la música de los 60 y por la galaxia.
La música, en verdad, no ha envejecido demasiado bien; solo es posible contemplarla estrictamente como un fruto de su tiempo. La buena noticia es que, en este caso, eso es más una virtud que un defecto. Contribuye a su carácter kitsch y divertido y permite escucharla con agrado, nostalgia y simpatía, cosa que se me antoja difícil de poder hacer en el caso de que hubiesen tomado una ruta más ambiciosa a nivel musical o conceptual. Era una broma entonces, lo sigue siendo ahora (con el añadido extra de ser un artefacto vintage terrible y encantadoramente pasado de moda) y como tal hay que entenderla y disfrutarla.
Vida larga y próspera, pues, al señor Spock, a su orquestina del espacio profundo y a todos los hombres de buena voluntad. majQa'. Y ahora... ¡teletranspórtame, Scottie!

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