A finales de los 70 y principios de los 80, aprovechando la estela del fenómeno punk y, podría decirse, construido con y sobre sus cenizas, surgió lo que se dio en llamar new wave, heterogéneo movimiento musical en el que cabía desde el pop preciosista hasta el rock and roll malencarado junto a majaradas inclasificables. Su seña de identidad más notoria y lo que hacía posible englobar en un mismo movimiento a cosas tan diversas fue el tomarse todo a cachondeo. Partiendo de una afinidad a la simplicidad del punk, pero alejándose de la rabia de este, la new wave aspiraba a algo tan saludable y necesario como la diversión. Fue también una de las ocasiones en la historia de la música popular en las que la música y el modo de comercializarla estuvieron en mayor sintonía. Sí, el marketing, en manos de la gente adecuada, puede ser también una cosa divertida.
Una de las líneas prohibidas de las que hablaba es –lo habrán adivinado– el uso de adolescentes como gancho sexual. Un tabú que los simpáticos gamberros de Stiff Records –se podría decir que ellos inventaron la new wave– consideraron tan bueno como cualquier otro (probablemente más) para echarse unas risas y sacarse unos durillos. Así que se sacaron de la manga a una adolescente con una voz impactante (Rachel Sweet, 16 años) que encarnaba perfectamente el arquetipo de la menor sexualizada que estableció Nabokov en "Lolita" –una mezcla de seductora inocencia angelical y vulgaridad low class– y montaron toda una estrategia de marketing explotando su sexualidad hasta el límite de lo aceptable. Jugar con la imagen de colegiala traviesa o vestirla de dominatrix encuerada dispuesta a hacer picadillo a otra chiquilla fueron algunas de las coñas que se les ocurrieron.
La culpa es de Stiff, me dirá, que las visten como furcias. Pues no... La culpa es de usted, que tiene la mente sucia. Lo que hicieron fue jugar con las perversas expectativas del público; tampoco es que mostrasen un centímetro más de piel de la nínfula de lo que la decencia considera conveniente. Ese tipo de juego retorcido que permite identificar al pervertido en el escandalizado es, no me lo negarán, terriblemente divertido (además de rentable). Pero bueno, entre coña y coña y, ateniéndonos estrictamente a la música, le hicieron un primer disco a la nena que hay que oírlo para creerlo. Aun con algún que otro altibajo, los momentos destacados son realmente excepcionales. Una de las mejores (y más desconocidas) muestras del catálogo de Stiff Records, lo que es decir mucho. La niña era, en verdad, una joya.
Esta canción –interpretada originalmente por Carla Thomas, escrita por Isaac Hayes– fue el mayor éxito de ese primer disco y demuestra que el eslogan con el que la lanzaron ("The little girl with the big voice") no le venía grande en absoluto, jugándole de tú a tú a la soulwoman de la Stax en su propio terreno. Aunque en el vídeo sale acompañada de The Records –que efectivamente fue su banda de acompañamiento en directo–, en el disco la banda que la respalda es The Rumour, usuales cómplices de Graham Parker. Estas promiscuidades eran, por otra parte, muy corrientes en Stiff Records. Elvis Costello, también de la casa, aporta igualmente una canción (la country "Stranger in the house"; por lo que yo sé, inédita hasta ese momento e incluida en posteriores ediciones de "My aim is true" como extra). La familia que hace música unida, permanece unida. Stiff Records era eso: una familia. Una familia en la que los mayores habían dejado la casa en manos de un puñado de locos jovenzuelos que aprovechaban la circunstancia para montar un fiestón.
El cómo una aspirante a niña prodigio del country originaria de Akron, Ohio; un sitio en mitad de la nada –símbolo perfecto de la gris América suburbana del medio oeste que retrata la citada novela de Nabokov–, que había actuado con Mickey Rooney y Bill Cosby en su niñez acabó jugando a colegiala traviesa en la no menos gris Inglaterra thatcherista era una carambola difícil de entender y prever pero, afortunadamente, sucedió. El que hizo de puente haciendo llegar las demos que había grabado Rachel a Stiff fue el compositor y productor Liam Sternberg. El señor Sternberg, ya de paso, produjo el disco y aportó un puñado de canciones, así que: ¡gracias, Liam! No obstante, si hay que elegir un par de momentos álgidos del disco por los que merezca ser recordado, no los encontrará en las canciones de Sternberg. Quédense con ese "B.A.B.Y." de Hayes y con el "I go to pieces" de Del Shannon, muy acertadamente escogidos como singles.
Al margen de la sexualizada imagen utilizada como gancho por su juguetona discográfica y que creó cierta polémica en su momento (imagínense ahora lo que causaría), la pequeña niña demostró no solo tener una gran voz sino también una enorme versatilidad. Del country al pop, pasando por el soul, el punk o el rock and roll, hasta las canciones navideñas; la chiquilla se desenvolvía con naturalidad y convicción en cualquier estilo que le pusieran por delante. Todo divertido, todo como un juego. Todo muy new wave.
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| La dulce Raquel: bastante más que una nínfula. Lolitismo pop 70's para recordar |
Pero todo acaba. La adolescencia acaba. La new wave, también. Tras un primer disco notable y un segundo más que digno, llega la mayoría de edad y un cambio de enfoque en su carrera con una nueva compañía, Columbia. El tercero suena desangelado y poco personal, pero todavía contiene algún chispazo en el que su talento vocal se impone a un material mediocre y a una producción gris. El posterior intento de convertirla en una diva sexy del pop ochentero fracasa estrepitosamente. El material era de muy inferior calidad y ni ella parece creérselo. La (de nuevo) sexualizada imagen es más glamourosa pero carece de cualquier tipo de encanto original. Es erotismo a granel, de a cuarto y mitad en la charcutería del super, del que se vende por metros de película o kilos de fotos, sin trazas de inteligencia o ironía. Más piel, pero menos neuronas. En definitiva, ya no era divertido.
Ella debió llegar a la misma conclusión que el público porque abandonó la música poco después para reorientar su carrera a la televisión, donde ha sido guionista, productora y presentadora. Ocasionalmente volvió a la música, como cuando prestó su voz para las bandas sonoras de las películas musicales Hairspray y Cry Baby, de John Waters, el rey del cine trash, donde recupera con ganas los estilos en los que tan bien se desenvolvía al inicio de su carrera, el pop spectoriano o el rock and roll.
La despedimos con uno de esos últimos chispazos de los que hablaba, en el que demuestra que –dentro de su versatilidad– donde mejor se desenvolvía era precisamente en ese cruce entre el pop y el soul escuela Motown que hubiese hecho babear al mismísimo Phil Spector; de hecho es un medley de las Crystals y las Ronettes en el que ella está, me atrevo a decir, a la altura de las originales (la producción, en la que ya se apuntan los vicios del peor sonido ochentero, no ayuda).
En cierta medida, duele contemplar cómo una cantante de grandes posibilidades, alguien que con el material adecuado tenía capacidad de codearse con los grandes, se ve arrastrada a la mediocridad y al olvido por las modas y las malas decisiones de los que manejan su carrera. Igualmente, recordarla por su sex appeal de colegiala pícara (que es lo que yo he hecho, vaya) es un efectismo que no hace justicia a su voz y a su talento. Mea culpa... será que yo (también) tengo la mente sucia. Rachel, si quieres venir a darme unos azotitos, aquí estoy. Espero impaciente.


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