Lo que resulta más extraño es el proceso inverso, que alguien presente bajo una imagen relativamente inofensiva una propuesta o unas cualidades con aristas más afiladas. Normalmente la agresividad musical o estética son valores que cotizan al alza en el mundo del pop y son cualidades a las que los artistas gustan de verse asociados. La imagen del artista como rebelde juvenil no es algo nuevo, ni algo que inventó el rock and roll. Es un fenómeno que tiene una lógica económica; la música pop como producto de consumo –que es lo que es, en esencia– va dirigida fundamentalmente a los jóvenes y se reviste de los valores y la imagen con la que dichos jóvenes se puedan identificar.
El primer paso y el más obvio es rechazar y distanciarse de la música de los mayores. Por eso cada generación tiene que crear –o que alguien cree por ellos– un nuevo género musical, algo que la nueva generación pueda abrazar y reconocer como suyo y que desconcierte y cause rechazo a miembros de generaciones anteriores, a esos despreciables viejos cuyos valores y gustos se perciben como cosa anticuada y desfasada. Dependiendo del poder adquisitivo y la vocación de consumo de las diferentes generaciones, ese estado de rebeldía juvenil se puede estirar lo que sea menester, hasta la alopecia y más allá.
Lo que es extraño es que alguien decida usar imagen y estilos musicales pertenecientes a generaciones ya amortizadas con un espíritu y formas más acordes a la juventud del momento. Ese enfoque es algo en buena lógica destinado al suicidio comercial o, al menos, a no alcanzar el éxito que podría haber alcanzado de haber usado la estrategia ortodoxa. Sin embargo, nos puede ofrecer extrañas propuestas de una originalidad única que, dependiendo de las capacidades del artista, pueden llegar a niveles vedados a los que deciden seguir el camino recto y predestinado por el mercado para las generaciones y los estilos musicales. A cambio, eso sí, de una merma en la popularidad. Es, en buena medida, lo que pasó con Judy Henske.
Si alguna vez se han preguntado cómo sería escuchar a Janis Joplin respaldada por una big band en lugar de una banda de rock, aquí tienen una respuesta bastante aproximada. Tampoco creo que ese enfoque inusual fuese una decisión consciente por parte de Judy Henske, algo que hacer para epatar, por llevar la contraria o un gesto musicalmente reaccionario. Judy era en esencia una cantante folk y para ella (creo que bastante acertadamente) debía ser tan folk la música de las big bands o los musicales de Broadway como las polkas de los Apalaches.
Al fin y al cabo, todo eso es música popular americana de la que los musicólogos han trazado hasta el último detalle su origen común, allí donde se encuentran las músicas populares europeas con las de raíz negra; el ragtime, el gospel, el country... Todo lo demás viene de ahí y Judy, al menos a un nivel subconsciente, debía saberlo muy bien. Por eso esta exótica (en apariencia) mezcla de jazz-swing, blues, folk y rock'n'roll, suena tan natural en su desgarrada voz. En última instancia son la misma cosa, con diferencias meramente circunstanciales exageradas por la mercadotecnia.
Aun así, como dije, todo tiene un precio y esta inclasificable propuesta no lo tuvo fácil para encontrar su público. Tras unos inicios como cantante folk tradicional, empezó a aparecer en shows televisivos como Hootenanny o The Judy Garland show aunque no terminó de cuajar en ese contexto. Quizás era algo demasiado crudo y visceral para las felices audiencias televisivas del momento –subyugadas todavía por la amable fantasía ética y estética del american way of life de los años 50– y demasiado tradicional en sus formas para enganchar al incipiente movimiento juvenil de la contracultura y el rock.
Persistió en ese enfoque con algunos discos más en los que siguió mezclando todos esos elementos con desparpajo y gracia (y un personal sentido del humor y el espectáculo) y apareciendo en alguna película. Sin embargo, no llegó a alcanzar altos niveles de popularidad y abandonó la música temporalmente para volver a finales de la década junto a su marido Jerry Yester (miembro de The Lovin' Spoonful) con un disco de folk-rock psicodélico y experimental, por momentos cercano al rock progresivo o incluso al hard-rock, grabado para el sello del chiflado mayor del rock, Frank Zappa. Una obra que, si bien interesante y disfrutable, diluía en buena medida las peculiares señas de identidad que la hacían única. Va en gustos, para muchos es el cénit de su carrera. Lo que se puede intuir (y hay que reconocerle) es que hizo en todo momento lo que le apetecía aunque fuese a contracorriente, llegando antes o después que los demás a sitios donde otros iban empujados por las modas y cogidos de la mano.
Se echan de menos en la actualidad artistas así, gente que escoja caminos inusuales pero coherentes y ponga su talento al servicio de ese concepto aunque no coincida con lo que las modas exijan. No porque no los haya; haberlos, como las meigas, haylos. Me refiero a alguno para el que no haya necesidad de bajar a las catacumbas con pico y pala para encontrarlo. Antes este tipo de artistas, como queda dicho, hasta salían en la tele; quizás porque tampoco habían tantas cosas disponibles para salir en ese trasto del demonio. Es un paradójico resultado de la facilidad de creación y difusión de nuestros tiempos, los medios masivos se han vuelto muchísimo más conservadores. Está claro; se lo pueden permitir, tienen basura de sobra entre la que elegir. La originalidad, en este siglo, no será televisada.

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