26 de septiembre de 2014

El profeta del fin del mundo. Leonard Cohen

Leonard Cohen. El último profeta
Daniel, según datos de la Biblia, vivió más de cien años y ejerció su ministerio hasta el final. Jeremías debía ser nonagenario en la fecha de sus últimas profecías. Otras cronologías de profetas son más confusas, pero parece haber una cierta tendencia a la longevidad dentro, eso sí, de unos cánones humanos, lejos ya de los imbatibles centenares de años que registraron Matusalén, Enoc y cía. (equivalente bíblico de aquellas hirsutas atletas de la RDA, circa 1980).


Leonard Cohen (Montreal, 1934) acaba de cumplir ochenta años; una edad inconveniente para una estrella del pop, pero magnífica para un profeta. Y es que la obra reciente de Cohen no creo que deba ser juzgada por criterios estrictamente musicales. Como los antiguos profetas, el canadiense es una voz cansada clamando en el desierto, retratando visionariamente los males de nuestro tiempo, las razones por las que Judá (o la civilización actual) caerá inevitablemente.

Coincidiendo con la fecha de su cumpleaños, se ha publicado su último disco: Popular problems. Una nueva colección de canciones en la línea de sus últimos trabajos. Minimalismo musical forrado de sugerentes coros femeninos, acompañamientos que parecen sacados de un casiotone deluxe... Vamos, lo que lleva haciendo desde I'm your man, su resurrección a nivel popular de finales de los años 80 del pasado siglo. Todo es una excusa, un engañosamente inocuo muzak sobre el que plantar encima su ajada, magnética voz y unas letras de tintes apocalípticos. La primera canción dada a conocer –single, en la terminología antigua– es esta Almost like the blues.



Es la música que suena en un bar a las puertas de Roma mientras los bárbaros se mean en los templos y violan a las vestales. Él lo ha visto, al igual que la corrupción del Senado y los horrores de la guerra en la frontera y ha venido para advertirnos. Quizás si le hiciésemos caso, el Imperio podría todavía salvarse. Lo más probable es que no. No nos pide arrepentimiento ("When they said: repent/I wonder what they meant" cantaba en 1992 en The future), no nos da ninguna receta ni ninguna razón ("Some people say/It's what we deserve[...]/I wouldn't know/I'm just holding the fort" decía en 2004 en On that day). Simplemente nos dice como están las cosas (mal, muy mal). Es la diferencia entre el profeta y el predicador. Leonard Cohen es un profeta, no un predicador. Quizás el último profeta. Dos cosas, evidentemente, llaman la atención en este último trabajo: lo que dice y la voz con la que lo dice.

Empezando por el final, la voz con la que lo que dice es, evidentemente, la voz de un viejo. La de alguien que ha visto más cosas de las que le quedan por ver, la de alguien que ha olvidado más cosas de las que la mayoría de nosotros hemos conocido en toda nuestra vida. Nada que ver con su voz de juventud, también espléndida pero por otros motivos: plena, poderosa, lírica. La imperfección formal en el plano estético, el tembloroso castigo de los años, el recitado escasamente musical... son cosas que no le restan capacidad de atracción, al contrario. Es, más bien, una señal... un cartel de aviso: "Soy viejo, he visto mucho más que tú, deberías prestarme atención". Otros artistas han pasado por el mismo proceso y han alcanzado nuevas cotas expresivas a la par que perdían facultades. Quizás el más notable por popularidad, cercanía en el tiempo y magnitud artística sea Johnny Cash, para ver otro ejemplo (menor), no hay que ir más lejos que a la pasada entrega de la canción del viernes: Bill Fay. Seguro que ustedes también tienen sus propios ejemplos de viejos cuyas voces les ponen los pelos de punta, no creo necesario extenderme con más ejemplos.

El otro aspecto, lo que dice, no es nada nuevo. Se puede trazar una línea que empieza en Everybody knows (I'm your man, 1988), pasa por The future (The future, 1992) y termina (por el momento) en este Almost like the blues. En la primera nos avisa de que la plaga se acerca (And everybody knows that the Plague is coming/Everybody knows that it's moving fast). En la segunda, con aires visionarios, ya distingue el horror por venir (Give me back the Berlin Wall/Give me Stalin and St. Paul/I've seen the future, brother/It is murder). Ahora, ya en presente, nos informa de que ya ha llegado (There’s torture, and there’s killing/and there’s all my bad reviews/The war, the children missing... Lord/It’s almost like the blues).

La mención al blues es, como casi todo lo que escribe Cohen, nada gratuita y tremendamente certera. Pocas manifestaciones de la música popular se pueden encontrar tan espeluznantes y con una capacidad para conjurar el horror tan grande como en el blues, al menos en sus versiones primigenias. Luego, como pasa con casi todo, sus aristas fueron convenientemente limadas, quedando una forma digerible por las masas pero vacía de cualquier contenido emocional incómodo. Escuchar a Robert Johnson perseguido por un sabueso del infierno, a Son House yendo al encuentro de su amante muerta o a Skip James llorando la muerte de quien acaba de matar, son experiencias genuinamente sobrecogedoras, voces que parecen venir de otros mundos a contarnos espantos inimaginables sucedidos aquí, en este nuestro mundo.

Lo que podemos leer cualquiera de estos días en el periódico, la sustancia de los relatos apocalípticos del profeta Cohen, es casi como el blues. Casi (almost). Le falta un poco... todavía podría ser más pavoroso. Esperemos a la próxima profecía, Probablemente para entonces nos pueda relatar el horror en todo su esplendor.

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