Quizás haya algo de mágico en la música, algo originalmente ligado a fenómenos religiosos o espirituales que, al fin y al cabo, fueron las primeras manifestaciones culturales de nuestra especie. La capacidad singular de la música para transmitir emociones más allá de las palabras debió resultar útil para explicar lo inexplicable. Para sobrecoger y emocionar a aquellos primitivos seres que hasta entonces solo respondían al mundo natural, al cazar o ser cazado, a las estaciones, al agua, la piedra y el fuego. Puede que les hiciera levantar la vista a las estrellas y descubrir ese inmenso universo en el interior de cada uno.
Entre todos los vehículos que puede usar la música para comunicar esas misteriosas emociones, el más eficaz, directo y afín es la voz humana. Dada nuestra naturaleza social hemos evolucionado para que nuestra principal función vital sea comunicarnos con nuestros semejantes y la principal herramienta que sirve a esa función es la voz, por ello somos mucho más receptivos al sonido de la voz que a cualquier otro. Combínese ese aspecto meramente psico-fisiológico de la percepción con la cualidad mágica y emocional de la música y nos encontramos con que el cantante es el sumo pontífice de las emociones. Un sacerdote pagano en la música popular, pero que cumple las mismas funciones que uno tradicional; guiar las emociones de sus fieles para hacerles llegar a la revelación de una verdad emocional. No obstante, solo los más grandes consiguen llevar a cabo esa difícil tarea hasta sus últimas consecuencias.
Uno de esos elegidos fue Jimmy Scott, cantante norteamericano de jazz (entre otros géneros) con una inusual voz debida a una enfermedad congénita que imposibilita el desarrollo y la maduración física más allá de la pubertad. De baja estatura, de constitución física débil y frágil y con una voz en el límite de lo masculino y lo femenino, Jimmy era poco menos que un monstruo de feria y, de hecho, comenzó su carrera cantando en espectáculos ambulantes. Su voz, al margen de su peculiar registro, era algo sublime, tocada por una gracia y sensibilidad muy peculiares y especialmente dotada para las baladas sentimentales desbordantes de emociones donde desplegaba todas sus posibilidades expresivas.
Después de un prometedor inicio de carrera en los años 40 y 50 del pasado siglo junto a Lionel Hampton o Charlie Parker, poco después cayó en el olvido –los típicos engaños que sufrían los artistas negros por parte de las compañías discográficas y que lo dejaron sin ingresos por sus grabaciones, cambios en el estilo forzados por las modas que lo alejaron de su terreno, problemas contractuales que hicieron que el debut con la compañía de Ray Charles que podría haberle lanzado definitivamente fuese retirado de la venta– y finalmente abandonó la música casi por completo durante treinta años, sobreviviendo con trabajos ínfimos y mal pagados. A principios de los 90 fue reivindicado (entre otros por Lou Reed o David Lynch) y recuperado para el mundo de la música, lo que le permitió seguir actuando y grabando hasta su muerte en junio de este mismo año. Véanlo en su última época, ya muy deteriorado física y vocalmente, pero con su expresividad no ya intacta, sino en su mejor momento, interpretando el clásico "Time after time".
Es esta una de esas canciones de un aire tan lánguido que parece que el tiempo no transcurra; simplemente esta ahí, casi congelado como en una fotografía. Solo la voz, desplegándose lentamente como volutas de humo de un cigarrillo a medio apagar, mueve la canción y la alumbra y saca de las sombras a las que parecía destinada. Una voz casi irreal que parece una parte inseparable de su propio ser y de la canción, que acaban convirtiéndose en una misma cosa. Son este tipo de canciones por las que destacó Jimmy Scott.
Es inevitable pensar en otro intérprete de jazz dado a la languidez extrema y que también daba lo mejor de sí en estos ambientes. Están en lo cierto: me refiero a Chet Baker y, claro, también interpretaba esta pieza. Sin embargo, si escuchan ambas interpretaciones –algo que les recomiendo encarecidamente–, se darán cuenta de que las similitudes solo son aparentes. Chet Baker imprime el sentimentalismo al tema puramente con su carisma y el terso y elegante timbre de su voz y su trompeta. Hay que admitirlo: no ha habido ni habrá nadie tan cool como Chet Baker. Al igual que las grandes estrellas del cine clásico llenaban la pantalla con su sola presencia, a Baker le bastaba dejar caer casi con indiferencia su aterciopelada y narcótica voz sobre la canción para que fuese algo memorable. Sin embargo, no hay una significativa expresividad en su voz. Da la impresión de que cante siempre con la misma monótona entonación; nos sería difícil distinguir por su interpretación si está hablando de la muerte de su perro o de un apasionado romance con la mujer más fascinante del mundo. Entiéndanme bien: no es una crítica, es una alabanza. Hay que ser muy grande para hacer algo así y salirte con la tuya.
Por el contrario, Jimmy Scott pone toda su alma en la canción. En cada frase, en cada palabra, en cada sílaba, incluso en cada silencio. Suspira, susurra, está alternativamente al borde del llanto o la risa. Todo tiene un significado extraordinario que va más allá de las palabras. Cada momento está cargado de una energía especial que Jimmy transmite con toda la intensidad de la que es capaz. Es un hombre poseído, un chamán en trance; lo que le posee es algo mucho más grande que el pequeño cuerpo que se halla sobre el escenario, es la emoción de la canción en todos los que le escuchan. Él es el vehículo por el que esa emoción llega al público. Ese estilo interpretativo, cercano a la música gospel o soul ("Jimmy cantaba soul mucho antes de que la gente empezase a usar esa palabra", dijo de él Ray Charles), además de su peculiar voz, es lo que hacía a Little Jimmy Scott un artista único e irrepetible.
Si no lo conocían y su primer contacto ha sido el vídeo anterior, consideren que no estaba en sus mejores condiciones vocales y que, por mucho que hablemos de capacidad expresiva y emocional, para un cantante su voz no deja de ser algo fundamental. Para resolver cualquier tipo de dudas sobre la grandeza de este pequeño gran hombre, escuchen lo que hacía en plenitud de facultades a principios de los 60 en "Falling in love is wonderful", el ya mencionado disco maldito para la discográfica de Ray Charles (Tangerine), acompañado del propio Ray al piano.
Sí, un artista único. El hombre-niño que hacía llorar a las mujeres, el indiscutido rey de las baladas, un sacerdote de la música y las emociones... Cientos, miles de teólogos no pudieron ponerse de acuerdo durante muchos siglos sobre el sexo de los ángeles. Pero la voz de los ángeles, creo, debe ser algo muy parecido a la voz de Jimmy Scott. Un ángel grotesco y asexuado que vivió una vida complicada, por momentos miserable, para transmitirnos esas preciosas emociones que nos hacen un poco más humanos, que nos permiten compartir un fragmento de algo trascendente y divino, aunque sea durante unos minutos. Gracias pequeño Jimmy.

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