22 de mayo de 2015

Las mil caras de la inocencia. Trader Horne

Trader Horne, exquisitos profesionales divirtiéndose como niños
Sospecho que todos los músicos están sometidos a una tensión constante entre la conveniencia de centrarse en un estilo bastante definido y el impulso de explorar nuevos territorios. Lo normal es que la primera acabe imponiéndose por comodidad o interés. Los Rolling Stones llevan treinta años grabando el mismo disco, pero antes tuvieron tiempo de recorrer diferentes estilos. Los Ramones lo tuvieron claro bien pronto y se dedicaron a ello desde sus comienzos.


También están, claro, los culos inquietos que no se paran en ningún sitio y saltan continuamente de un estilo a otro en un frenesí inacabable, véase el caso de Elvis Costello. No es mi intención el juzgar qué enfoque es preferible; como en casi todo, dependerá del resultado. Los Ramones molan... y Elvis Costello también. El caso más habitual, especialmente entre músicos con poca experiencia, es evolucionar de la variedad a la concreción.

Es fácil de comprender, en la mayoría de los casos el músico pop es, antes que cualquier otra cosa, un aficionado a la música, y al empezar trata de hacer todas las cosas que le gustan. A veces, al presentársele la oportunidad de grabar un disco, no sabe si ese primero puede ser también el último. ¿Cómo renunciar a tantas músicas que le gustan? A veces el resultado es... algo confuso. La inocencia y la variedad pueden tener su encanto, pero también tienen un precio y, dado que en esa situación van de la mano de la inmadurez y de un desconocimiento de las propias capacidades no es de extrañar que algunas excursiones estilísticas se salden con patinazos y que el resultado global se resienta.

Lo que es menos común es encontrar esa variedad en obras de músicos con una cierta experiencia. Normalmente, este asume pasado un cierto tiempo tanto lo que se le da bien como, sobre todo (si tiene deseos de prolongar su carrera), lo que se espera de él, y se atiene a ello en la medida de lo posible. El caso de Trader Horne es especialmente curioso: un conjunto que se podría calificar de supergrupo –si no fuera porque eran dos y el término superdúo no tiene tradición y suena bastante tonto–, por lo que sus miembros ya tenían experiencia en grupos de éxito. Pues bien, este dúo grabó en 1970 un disco que hay que escuchar con detenimiento para darse cuenta de lo que está pasando, es fácil confundirse con los dibujitos naif de la portada y las lindas guitarras acústicas y creer que estamos ante un disco de folk más..

Verán... Judy Dyble fue la primera cantante de Fairport Convention antes de ser reemplazada por Sandy Denny y había colaborado con Robert Fripp en el embrión de King Krimson (Giles, Giles & Fripp). Jackie McAuley, por su parte, podía presumir de ser, en su papel de teclista, el miembro más duradero de Them (obviamente tras Van Morrison) y había capitaneado varias oscuras bandas de folk y blues irlandesas, incluida una extraña secuela de Them llamada Them Belfast Gypsies. Dada la experiencia de ambos, era natural esperar que su primer esfuerzo conjunto se ciñera al folk-rock típico de la época, quizás con detalles más o menos blues o progresivos. Sabían hacerlo, lo habían hecho ya, y había un mercado receptivo en esos momentos para esa música. Los grupos de folk inglés con cantante femenina vivían por aquel entonces una era dorada; grupos como los propios Fairport Convention, Pentangle o Steeleye Span gozaban de un moderado pero estable éxito y seguramente había hueco para más grupos de ese estilo, especialmente si estaban formados por gente de reconocida solvencia.

Y, ciertamente, la base del disco que grabaron era esa. Pero alternadas con piezas más o menos fieles al estilo se puede encontrar de todo un poco; música clásica, blues, country, bossa nova, rock progresivo o dodecafonismo pop (a ver quién tiene narices a decirme en qué tono está el inicio de "Morning Way"). El que posteriores reediciones hayan publicitado el disco como acid-jazz puede significar que estaban igualmente confundidos ante el artefacto, o que no tenían ni puñetera idea (probablemente las dos cosas). Pero lo desconcertante es, sobre todo, por encima de todo... el deslumbrante pop de "Sheena"...

Yo todavía no termino de explicarme cómo acabó una canción así en ese disco. Es algo que desafía toda lógica. Y gracias a Dios que la desafía, porque la canción es un pepinazo morrocotudo. Lo del blues, el country, la bossa y el rollo progresivo tiene un pase, pero... ¿un pelotazo pop como este?, ¿una canción redonda a la altura de las mejores del género, de un "I'm a believer", por ejemplo?... ¿Qué demonios hace en un disco como este, maldita sea? Escuchen, escuchen...



Está canción bien pudiera considerarse un fósil, un eslabón perdido en la evolución del power-pop. ¿Power-pop? ¿En un disco presuntamente folkie del 70? La voluntad pop, desde luego es incuestionable. Está en la esencia de la canción, que es casi un estribillo autocontenido y cambiante; la energía y urgencia con la que la sirven, también es evidente. La potencia aquí viene de la mano de la energética interpretación, el ritmo imparable –el genérico término anglosajón upbeat, lugar común en la descripción de canciones power-pop, se queda bastante corto para definir lo trepidante de esta canción– y la contagiosa y pegadiza melodía, no de la previsible sobreamplificación, algo que cualquier idiota con la cacharrería adecuada puede conseguir y que ha condenado a un género conceptualmente muy interesante y disfrutable a ser un refugio para mediocres en el que cuesta encontrar verdaderos talentos. Para conseguir el mismo resultado con medios casi acústicos hay que ser realmente bueno; todo un reto que en esta canción superan con nota.

Esta canción por si sola, en el contexto de un disco folk, ya llamaría la atención (y la llamó; fue el primer single, quizás el único acierto promocional de una discográfica que no sabía muy bien qué hacer con esto). Sumada al resto de desvaríos, hace del disco algo insólito. Algo que sería de esperar de unos aficionados primerizos que quieren sacar todo lo que tienen dentro antes de que el sueño acabe, lo hacen un par de músicos respetados con una trayectoria reconocida. Realmente no tiene mucho sentido. La única explicación posible que se me ocurre es que presintiesen que ese primer disco sería el último (acertaron) y quisieran sacarse de dentro esa catarata de cosas de todas maneras, dándose el gustazo de recuperar esa inocencia de los inicios que se va apagando con los años y las responsabilidades.

Afortunadamente la solvencia y la experiencia hacen que salgan bien de la mayor parte de las trampas que ellos mismos se ponen y el disco se escucha con agrado de principio a fin. La personalidad de los intérpretes y un aire dulce y soñador que lo impregna todo, se impone a la aparente variedad y evita la sensación de dispersión. Hay, todo hay que decirlo, algunos momentos demasiado tópicos, en otras ocasiones se acercan peligrosamente al abismo de lo ñoño y empalagoso, y el concepto en general (sí, es un disco conceptual) es un poco ridículo: un cuento de hadas sobre la transición de la niñez a la vida adulta. El horror, vaya...

La extensa y algo cursi paleta de colores de Trader Horne
Trader Horne, multicolores cuentos de hadas pop

Pero, a pesar de esas pegas, merece la pena. Merece la pena escucharlo y dejarse llevar por ese poliédrico cuento de viajes por caminos divergentes, aunque haya algún bache que otro. Merece la pena disfrutar de esa inocencia y sus mil caras, aunque el resultado no sea perfecto. Estoy seguro de que a ellos también les mereció la pena, a pesar de la escasa trascendencia que tuvo. El sacar todo lo que tienes dentro, sin que importen las consecuencias, debe ser algo magnífico; hacerlo con más ilusión que desesperación, no solo tiene que ser magnífico, sino realmente difícil. Creo que es más libre el que nada tiene, porque nada tiene que perder. Este es un disco que parece estar hecho por gente que no tiene nada que perder.

Y, aunque esto sea lo menos importante de todo, a mí también me ha merecido la pena descubrirlo y comentarlo. ¿Saben?, esta canción es el ejemplo perfecto de canción del viernes. Es lo que me esfuerzo por traer aquí cada semana y que solo muy de cuando en cuando consigo plenamente. Artistas relativamente desconocidos, con alguna circunstancia interesante en sus vidas o sus carreras, algún detalle extravagante que explique (o no) el porqué de su pertenencia a la cara B del negocio musical y que dé pie a algún comentario altamente especulativo (y, lo asumo, muchas veces sin la menor base) que ayude a entender un poco mejor la música o el mundo. Y si no a entender el mundo, a imaginar otros –plausibles aunque improbables– que sean más interesantes que este.

Y, por supuesto, que la canción sea buena. A poder ser, acojonantemente buena. Y esta lo tiene todo: artistas bastante desconocidos pero con pedigrí, una situación inusual sobre la que poder divagar y una canción redonda. Realmente redonda, maldita sea.

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