Y lo que queda al margen no es precisamente trivial. Uno puede decidir no casarse, o tener la mala fortuna de no llegar a la adolescencia; lo que uno no puede dejar de hacer una vez nacido, es morirse. Este hito –ineludible y definitivo– es, en la medida de los posible, ignorado en la civilización occidental en la actualidad. Ciertamente, hay que atender a los aspectos sanitarios del asunto y deshacerse del molesto fiambre de la manera más eficaz posible, lo que no hay es ningún tipo de exaltación social de carácter ritual y festivo, como los hay o los ha habido en otros momentos y lugares. Nadie se hace fotos con el muerto o se pone a bailar en un funeral. Determinar si esto es un avance o una pérdida es algo que me siento incapaz de hacer y que queda definitivamente fuera del ámbito de una canción del viernes.
Lo que si puedo hacer es ofrecerles alternativas por si deciden convertir su propio funeral o el de un ser querido en un fiestorro. En un lugar aparentemente imposible para que surja algo así, la extremadamente civilizada Suiza, han pensado en ello. Dead Brothers, autodefinidos como "The one and only death blues funeral trash orchestra", es un extravagante conjunto pop que cultiva una música y una imagen adecuadas para ello. Bien pensado, solo en un lugar como Suiza –un lugar donde alemanes, franceses e italianos han decidido ser suizos– podía surgir algo así: una banda que ha decidido que Tom Waits, Screamin' Jay Hawkins, Ray Davies, Dr. John y Django Reinhardt podrían montar un grupo y llamarse Dead Brothers. Porque ese es el concepto: rock and roll primitivo, blues pantanoso, jazz gitano y pop retorcido, combinados en una orquestina conceptual en la que la muerte es el tema central.
Esta canción –perteneciente a su cuarto LP, probablemente su disco más redondo o, al menos, en el que los diferentes estilos están mejor sintetizados– es un ejemplo de su vertiente más pop. Quede claro que todo este exótico cocktail es un ejercicio de estilo; una cerebral alquimia que destila ritmos y esencias en un embriagador elixir resultón y entretenido. Después de todo son ejemplares ciudadanos suizos, no brujos vudú de New Orleans. No encontrarán el olor a carne podrida de los pantanos, ni el mareante aroma del sudor y la cera fundida de un velatorio de los de antes, sino una versión estilizada y simpática de ello; algo macabra pero amable, casi de dibujos animados. De todas maneras, lo imaginativo del concepto y el gusto y la solvencia con los que lo resuelven hacen que todo el tinglado merezca la pena y uno pueda disfrutarlo sin necesidad de entregarse a disquisiciones sobre su mérito artístico. Puede que sean más artesanos que artistas, pero son buenos en lo que hacen y la idea es original y seductora. No creo que se pueda pedir más.
Por añadidura, consiguen dotar de una personalidad propia a todos los temas, a pesar de lo diverso de los estilos que manejan y que están más o menos presentes en cada uno de ellos. Rhythm and blues gritón (Crying), ebrias marchas carnavalescas (Allons Aux Parquis!), rock and roll salvaje y sincopado (Old Pine Box), folk-blues esquelético (Lulu's Back In Town), jazz-swing tabernario (Greek Swing), cabaret germanófilo (Marlene), boleros vudú (Bésame Mucho) o bluegrass-punk (Teenage Kicks) jalonan una discografía en la que canciones propias y ajenas al son de violines, tubas, acordeones o banjos, cantadas en inglés, francés o alemán se confunden y hermanan. Y todo resulta coherente a pesar de su diversidad. Suizos tenían que ser... Solo ellos son capaces de sintetizar con acierto elementos tan heterogéneos sin que el resultado sea algo realmente idiota.
Y, bueno... lamento que a pesar del fuerte componente visual del tinglado no haya podido poner o enlazar algún vídeo con el que poder disfrutar de su siniestra y divertida presencia, pero realmente hay muy poco donde escoger. Pero aunque poco, haberlo, haylo. Y con ello despido a estos posmodernos enterradores pop.
No me digan que no les gustaría un funeral así, con enterradores borrachos tocando un pasacalles de folk mutante, en lugar del silencio, las lágrimas y las flores marchitas. Que la gente pase un buen rato, dado que es lo único bueno que se puede hacer en esta perra vida (y dado, también, que el finado ya no va a poder hacerlo más), es lo menos que se puede hacer. Que los que queden monten un fiestón en memoria del difunto sería lo realmente civilizado, en lugar del olvido... del estéril, triste y funcional olvido que es morirse hoy. A mí desde luego que me gustaría.

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