8 de mayo de 2015

La naturaleza de las cadenas. The Mighty Sparrow

The Mighty Sparrow, rey de esclavos
Todas las civilizaciones han considerado conveniente esclavizar a sus semejantes a lo largo de la historia. Las ventajas estratégicas y económicas son demasiado jugosas para ignorarlas. El único obstáculo es la moral, algo que por definición es una convención y que puede ser fácilmente ajustada para que el semejante lo sea un poco menos por cualquier razón, sea raza, religión, nacionalidad o clase social, dejando así el camino libre a la explotación de unos seres humanos por otros.


El más reciente movimiento esclavista a gran escala –la suficiente para dejar una huella demográfica significativa– fue el que llevó millones de africanos a América durante los siglos XVIII y XIX. Tanto su magnitud como su cercanía histórica hacen que el fenómeno haya causado un impacto considerable en la cultura popular. En la música también, claro.

La semana pasada hablaba de la influencia africana en el blues (cierta pero menor de la que se le atribuye normalmente), pero hay otras músicas con raíces africanas aún más profundas. En general, en todo el Caribe la presencia de esclavos negros fue más numerosa y duradera en el tiempo, y su consecuente impacto en la cultura y la música, mayor. El calypso, originario de Trinidad y Tobago, es un buen ejemplo: africano casi en su totalidad, al menos en su parte rítmica, tiene influencias melódicas y armónicas españolas, francesas y (en menor medida) anglosajonas. Se originó como medio de comunicación entre esclavos, que tenían prohibido hablar entre ellos, pero no cantar.

Es curioso que algo que ha terminado siendo un entretenimiento frívolo para turistas paletos de camisas floreadas y banda sonora de películas ridículas y anuncios estúpidos tenga unos orígenes tan dramáticos y solemnes. La historia, conviene recordarlo de vez en cuando, no se distingue especialmente por su lógica ni por su honestidad. Pero no nos vamos a preocupar de cómo un estilo se ha echado a perder ni de las razones de ello; en cambio, disfrutaremos de un emocionante ejemplo de esta música en un estadio más primitivo y de mayor impacto emocional, antes de las camisas floreadas y los daiquiris.

A mí, lo confieso, me resultan bastante desagradables y antipáticas casi todas las manifestaciones modernas de la música caribeña, empezando por el sobrevaloradísimo reggae, algo insufrible sin unas dosis de maría propias de un narcotraficante. Pero, ¡ay amigo!..., si se escarba un poquito hasta llegar a los estratos puros de esas músicas, se pueden encontrar cosas que verdaderamente ponen los pelos de punta. Sin ir más lejos, cosas como las que hacía este Mighty Sparrow antes de convertirse –también él– en un hortera.



Cuesta identificar el tema con el concepto actual de calypso, parece más bien un bolero o un pasodoble de tono épico propulsado por percusiones africanas. La influencia hispana era aún más evidente en los inicios del calypso; las primeras grabaciones conocidas de este estilo a principios del siglo XX así lo demuestran, llevando el español hasta en el título, como en "Manuelito" o "Trinidad Paseo". A mediados del siglo XX, como es el caso de este tema, la influencia anglosajona se deja sentir más, probablemente vía blues o gospel, también con orígenes africanos, pero cocidas a fuego lento en el puchero norteamericano.

La tensión entre lo festivo y lo social es algo que en la música popular caribeña no han sabido gestionar demasiado bien. La necesidad de expresar el malestar contra la opresión –primero de la esclavitud, luego del colonialismo– nunca ha terminado de encajar del todo en unas formas musicales diseñadas para el disfrute hedonista. Es necesario rebajar el aire festivo para que el mensaje llegue con nitidez, algo que en este tema se consigue plenamente. Solo hay que comparar esta versión con una posterior, más bailable y de sonido verbenero, para apreciar que el impacto emocional depende en gran medida de las formas musicales.

Alguien con el que durante un tiempo Mighty Sparrow se disputó el oficioso título de rey del calypso, el jamaicano Harry Belafonte, era un maestro en darle un aire solemne a cualquier tema y resultar creíble en todos los terrenos. Grandeza, talento y carisma eran cosas en las que andaba sobrado Belafonte y de las que Slinger Francisco (nombre real de The Mighty Sparrow) no disponía en la misma medida. Su carrera es mucho más errática y alterna momentos sublimes como este, con horteradas sin paliativos. Sus inicios, no obstante, son realmente notables y bastante disfrutables por aficionados a la música en general, más que por seguidores de este estilo en particular; "No more rocking and rolling" o "Short Little Shorts" son grandes canciones, sin necesidad de encasillarlas de ninguna manera. La posterior deriva hacia un sonido más bailable y de pobre y ramplona producción, es algo que enmascaró su talento aunque seguramente le habrá ayudado a pagar las facturas.

Su pueblo podría haberse liberado de las cadenas, reales y metafóricas, de la esclavitud y la ocupación; pero acabar encadenado a las modas, sobre todo si estas conllevan despojarse de lo esencial y trascendente para quedarse con lo anecdótico, no es un destino mucho mejor –desde el punto de vista artístico, claro–. Su simplista visión del mundo que divide entre hombres blancos (el mal), hombres negros (las víctimas) y mujeres de cualquier raza (se las quiere beneficiar a todas), tampoco ayuda a obtener una credibilidad que, acompañada de su talento como compositor y, sobre todo, intérprete, le hubiera dado un lugar mucho más relevante en la historia de la música.

Aun así, piezas como esta, rarezas tanto en su carrera como en la historia moderna de ese estilo musical, son hitos de la expresión muy humana del anhelo por la libertad que trascienden épocas, razas, géneros y cualquier otra circunstancia. Lamentos y suspiros que conmueven las entrañas de cualquier persona con un mínimo de sensibilidad. Que su carrera haya estado dominada por lúbricos pelotazos verbeneros o maniqueas diatribas políticas mal enfocadas no le resta grandeza a sus momentos más inspirados. Quien hace algo así, aunque no alcance la grandeza como estado habitual, merece ser recordado por esos momentos más grandes. Y este, sin duda, lo es. Muy grande.

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