5 de junio de 2015

De un mundo que se fue. Harpers Bizarre

Harpers Bizarre. Ridículos fuera de onda, sí, pero encantadores
La nostalgia, el eterno mirar atrás a un pasado idealizado, es algo consustancial al ser humano, para el que el cambio permanente en las formas es norma y razón de ser más que mera anécdota. La nostalgia, en algunos casos, puede forzar la vuelta a modelos del ayer –algo que se puede observar en lo cíclico de las modas–, en otros, solo sirve de consuelo para grupos obstinados en gustos del pasado, generalmente adquiridos en una juventud que es lo que, en el fondo, se añora.


La diferencia entre un caso y otro, entre un paradigma estético que vuelve y la simple explotación de un nicho de mercado suele estar condicionada simplemente por el número de nostálgicos a los que se apela. Claro que, dado el carácter mercantilista de la industria cultural, se puede intentar forzar la mano y promocionar algo que, de entrada, no cuenta con suficientes seguidores para imponerse como tendencia mayoritaria, confiando que con la promoción adecuada y modificando si es necesario algunos elementos, la tendencia pueda volver a ser mayoritaria.

Normalmente, se intenta ser razonable y ofrecer cosas que sean compatibles con los tiempos que corren –la idea es hacer negocio, después de todo– pero hay veces que, en un exceso de optimismo, de furor visionario o vaya usted a saber de qué, se crean engendros sin ninguna oportunidad de encajar en el presente, rastros de un mundo que se va o se ha ido ya y que la mayoría de la gente, más que añorar, intenta olvidar. Intentos que desde este rincón, que es afín a la ética y estética de los perdedores y alérgico al concepto de moda, se contemplan de entrada con respeto y simpatía. Luego hay que currárselo, claro... No basta con ser un patán reaccionario para ser honrado con una canción del viernes.

Vean el caso de Harpers Bizarre, estrambótico conjunto pop californiano de finales de los años 60 del pasado siglo. Si ven el vídeo siguiente se darán cuenta, con solo un somero vistazo a sus pintas, de que nos encontramos ante algo grande. Grande en lo ridículo o grande en lo artístico... eso está por ver. Pero grande, seguro. En el terreno de lo ridículo y hortera, evidentemente arrasan; en el estrictamente musical es más difícil llegar a una conclusión por lo desacostumbrado de la propuesta, pero sin duda el buen hacer se hace notar. Es un principio... en lo de a currárselo me refiero.



Y es que el modelo elegido por Harpers Bizarre o, para ser más precisos, por su productor (nada más y nada menos que el legendario Lenny Waronker) estaba ya absolutamente desfasado en los tiempos del rock ácido, el pop psicodélico y el incipiente hard-rock. Una vuelta a la era dorada de los musicales de Broadway o las big bands en formato pop era lo último que el mundo demandaba en esos momentos. Estamos hablando, precisamente, de uno de los momentos en los que más intensamente se ha mirado al futuro... y se le miraba a los ojos, con la sensación de que estaba ahí, al alcance de la mano. Era, decididamente, un mal momento para mirar al pasado y hacer un revival de los años 30.

Dado el buen ojo del señor Waronker para captar las tendencias y los artistas con capacidad de trascender, dudo que realmente pensase que aquí podría haber negocio. O igual sí, ¿quién sabe?... El caso es que contratar a un grupo surf-pop del montón (The Tikis) –cuya principal y casi única virtud era el delicado uso de las armonías vocales– para, una vez reformados y cambiados de nombre, ponerles a interpretar un repertorio de clásicos de Cole Porter y algunas otras canciones compuestas para ellos por compositores también con tendencia al clasicismo retro (o al menos atemporal) como Randy Newman o Van Dyke Parks –en cualquier caso ajenos por completo al concepto de modernidad– no parecía una gran idea. Esta canción, del musical clásico del mismo nombre, precisamente es original de Cole Porter, aunque la suntuosidad y el ánimo juguetón de los arreglos de Van Dyke Parks la convierten en una pieza única, claramente diferenciada de otras adaptaciones (del efervescente swing de orquestas de la época al contenido despliegue cool de Sinatra).

El principal elemento novedoso en esa adaptación de piezas antiguas al formato pop eran las armonías vocales, muy en la línea de lo que los Beach Boys estaban haciendo, pero donde los chicos de Brian Wilson utilizaban elementos clásicos para crear algo nuevo, Harpers Bizarre hacían todo lo contrario: usar algo nuevo para recrear algo antiguo. El concepto artístico era (y es) interesante, la viabilidad comercial... eso es otro tema. Bastante con que les diese para hacer cuatro discos entre 1967 y 1970 y meter tres o cuatro canciones en puestos discretos de las listas de ventas.

Y para acabar, otra joya de pop lujoso y musicalmente reaccionario, precisamente el que fue su primer y (seguramente) mayor éxito: la versión de "The 59th Street Bridge Song" de Simon & Garfunkel. Hiperazucarado pop, orgullosamente cursi y con un cierto aroma rancio. Aún así, de lo más cercano al espíritu de su época que harían. Empalagoso pero irresistible.



En fin, es de agradecer que de vez en cuando se hagan cosas así, especialmente si se hacen con solvencia. Cosas condenadas al fracaso, sin miedo al ridículo, intentos de capturar un mundo que se va, que ya se había ido... y que volvía durante dos minutos. Siempre he encontrado fascinantes las máquinas del tiempo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario