Poco importa que el alcance sea limitado para los que dicen cosas que nadie quiere oír; es una consecuencia inevitable y lógica, un nimio precio a pagar para los que pretenden crear una obra singular y a contracorriente, conmoviendo al oyente de una manera profunda.
La psicodelia, más como herramienta que como género, es una senda fértil para los que pretenden adentrarse en esos tenebrosos terrenos. Digo más como herramienta que como género, porque es relativamente fácil copiar unos cuantos clichés de modelos clásicos, pero tremendamente difícil conseguir el objetivo primigenio de la psicodelia: expandir la conciencia, llevándola a terrenos inexplorados y provocar algún tipo de revelación, ya sea a nivel emocional o intelectual.
San Francisco ha sido una de las capitales de la psicodelia, pero la sobreexposición del fenómeno hippie ha hecho que otras propuestas –completamente alejada del mundo de los melenudos amantes de la paz y las flores– pasen más desapercibidas y se identifique la ciudad del norte de California exclusivamente con ellos y con sus ideas musicales que, aunque interesantes en su momento, carecían en su mayor parte del radicalismo y del espíritu de confrontación que requería la sociedad de finales del siglo XX. Sin embargo, sobre todo durante los años 70 del pasado siglo, de allí surgieron unas cuantas bandas que podrían encajar en un sentido amplio dentro de la psicodelia, si bien en un sentido completamente diferente de otras encarnaciones más ortodoxas del género, como la británica o la ya citada afín al movimiento hippie.
La más conocida e influyente de esas bandas fue The Residents, también Tuxedomoon –en un estilo escasamente más tradicional– alcanzaron un moderado éxito. Se hacen una idea... música disruptiva, expansión de la paleta sonora más allá de la clásica formación rock, marcianadas escuela Zappa, imaginería alucinada, experimentación... Debe haber algo en la niebla de San Francisco que trastorna a la gente y les hace asomarse a mundos inquietantes que solo ellos ven. Bueno; cojan ese concepto, elévenlo al cubo y comenzarán a aproximarse a lo que era Chrome. Solo aproximarse.
Parece mentira que en 1979 se hiciera música así. Si se hiciese hoy, seguiría pareciendo mentira. Chrome era un grupo electrónico de rock. Un grupo que definió lo que luego se llamaría sonido industrial con medios artesanos. Un grupo con un guitar-hero que ocultaba su guitarra bajo mil capas de ruido. Un grupo que publicó una banda sonora de una película que no existía y que mencionaba en los créditos a miembros igualmente inexistentes como encarnaciones de aparatos del estudio de grabación. Todo en Chrome era contradictorio, ilusorio, improbable...
A pesar de usar medios electrónicos con profusión –analógicos, claro– eran, como se ha dicho, inconfundiblemente una banda de rock. Una banda de rock de la que el estudio de grabación y sus mil cacharros era un miembro más y en la que las fronteras entre los instrumentos tradicionales y los electrónicos estaban totalmente difuminadas. Hay sintetizadores que suenan como guitarras y guitarras que suenan como electrodomésticos alienígenas. Todos los sonidos, incluidas apariciones de fantasmales voces –en muy raras ocasiones hacen algo parecido a cantar–, están fuertemente distorsionados y procesados, cruzándose y mezclándose insidiosamente, flotando sobre un sólido mantra rítmico que, lejos de anclar la música a terreno firme, contribuye con su hipnótica repetición a un clima alucinatorio que absorbe los sentidos del oyente.
Aunque surjan de la misma escena y compartan un mismo ánimo subversivo y experimentador, no hay mucho en común con los Residents; en estos todo es un juego, mientras que Chrome van en serio. Muy en serio. Con disciplina espartana y entrega visionaria, se dedican a sintetizar los aspectos más perversos e inquietantes de la música rock sin el menor atisbo de amabilidad o compasión: la gélida matemática guitarrística de Television, la perversidad voyeurística y cerebral de Velvet Underground, el salvajismo primario de los Stooges, las alucinadas y malignas excursiones galácticas de Hawkwind; la precisa brutalidad del heavy-metal, la violencia del punk, el inhumano ruido de la electrónica más experimental...
Añaden a ese concentrado de mal rollo sonoro conceptos estéticos y filosóficos provenientes del cine o la literatura: la realidad como ilusión social proyectada por el poder –o, al menos, lo que torpemente interpretamos como realidad–, otros mundos que se superponen a este y desde el que ojos inhumanos nos miran con odio; amenazas latentes y desconocidas que conviven con nosotros, sigilosas, al acecho. Una estilizada y arty versión del terror y la ciencia-ficción de serie B, que es más parte integrante y fundamental del proyecto que complemento estético. Todo ello –música, imagen, conceptos–, crea un mundo singular y opresivo que no se parece a nada ni a nadie.
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| Chrome, imaginería lisérgica del horror y el ruido. El futuro ya está aquí y da miedo |
Todas las referencias que se pueden utilizar en las descripciones de la música de Chrome y que he citado previamente son rigurosamente ciertas y, sin embargo, engañosas. El desplazamiento bípedo que ustedes o yo efectuamos al ir al baño puede tener ciertos elementos en común con el de Usain Bolt corriendo los 100 metros lisos, pero son cosas sustancialmente diferentes. Con Chrome pasa lo mismo; puedes escuchar cientos de discos de psicodelia y de electrónica experimental, la discografía entera de los Stooges, leer las obras completas de Philip K. Dick –por citar las referencias más frecuentemente usadas– y no tener la menor idea de lo que se te viene encima al pinchar uno de sus discos. Con un pequeño empujón de sustancias psicoactivas, puede hacer que tu cara se derrita y caiga al suelo.
Una cara derretida quizás le pueda parecer una exageración, una licencia poética para describir el impacto de una música rara y amenazante. Probablemente sea así, pero de todas maneras usted seguramente subestima la clase de chalados que da San Francisco y lo que un par de ellos –inspirados, disciplinados y dedicados a llevar un concepto al límite– pueden llegar a hacer. Si le van las emociones fuertes, pruebe a escuchar una solemne sinfonía de distorsión y ruido que rítmica y pausadamente le ataca desde todas las direcciones mientras una monótona y metálica voz le susurra al oído: "come sit beside me... I am the jaw... I have an appetite for your flesh... I am the jaw..." (Read Only Memory, 1979). Inhumano. Esto es auténtica Metal Machine Music, no lo de Lou Reed. Dicen que mucha gente escuchó en su momento el disco a 33 rpm, en lugar de a las correctas 45; muchos todavía sostienen que suena mejor así. Debe ser la primera y acaso única ocasión en la que un disco sencillo contiene dos.
Música hecha por y para valientes. No apta para todos los públicos. En las antípodas del pop adocenado y de esforzados y nostálgicos ejercicios de estilo que constituyen el paisaje musical en la actualidad. Ignoren su errática y confusa trayectoria discográfica –diferentes miembros han publicado obras personales bajo ese nombre–. Los Chrome patanegra (1978-1983), son una cosa muy seria que le volará la cabeza a poco que sea receptivo a los ambientes malsanos. O le derretirá la cara. Avisados quedan.


Esto es una maravilla!!! Lo más grande desde los kalkitos!!!
ResponderEliminarMe adhiero al movimiento Chrome!!
Francamente, había perdido la esperanza de volver a oír (o leer) kalkitos en lo que me queda de vida (de hecho había olvidado qué carajo eran los kalkitos y he tenido que mirarlo). Que sea a cuenta de estos simpáticos chalados me demuestra una vez más que el mundo es un sitio realmente raro.
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