19 de septiembre de 2014

Billete de ida y vuelta al olvido. Bill Fay

Bill Fay. Leyenda menor recuperada para los nuevos tiempos
¿De qué está hecha la memoria colectiva? ¿Quién decide qué cosas pasan a la historia y con qué criterios? ¿Podemos hacer algo para forjar nuestra propia memoria que no implique un esfuerzo titánico para estar al tanto de todo y luego aplicar a esa ingente cantidad de información nuestros propios criterios? Siempre hay más preguntas que respuestas, acompañadas de la incómoda sensación de que nos toman el pelo a todas horas los que están en posición de hacerlo.

Seguramente dicha tomadura de pelo es fruto más de la torpeza que de la mala intención. No soy un conspiranoico que vea oscuros tejemanejes con aún más oscuras intenciones acechando detrás de cada hecho incomprensible. La torpeza, la avaricia, la falta de visión a largo plazo y otras características de esta nuestra especie, se bastan y se sobran para causar la mayor parte de los males que padecemos, sin necesidad de recurrir a brillantes planes urdidos por siniestros personajes en la sombra. Es más fácil y tiene más probabilidades de coincidir con la realidad la suposición de que el personaje en la sombra mencionado es un mentecato con pocas luces, alguien como usted o como yo, pero con más poder y un trabajo que mantener si produce resultados mañana y no dentro de unos años.

Viene todo esto a cuento de una anécdota personal que me voy a permitir relatar como medio de explicar el concepto que intento transmitir. Ruego me disculpen la licencia y la disgresión. Conforme pasan los años, uno va teniendo cada vez más experiencias personales que explican una idea, que ideas como tales.

Hará un par de años compré una revista musical que no se encuentra entre las que suelo leer. El motivo principal era que en la portada figuraba destacada prominentemente la entrevista que hacía un antiguo conocido por el que tengo bastante simpatía a pesar de haber perdido el contacto (Jesús Llorente) a un músico que también me cae simpático (Lee Ranaldo). Por añadidura la revista traía un CD recopilatorio con lo mejor del año. Probablemente, sin el cebo de la citada entrevista, ni se me hubiese pasado por la cabeza comprar la revista con el CD adjunto y ahora no estaría escribiendo sobre esto. Ni la revista (Rockdelux) ni el año (2012) me hacían albergar grandes esperanzas de encontrar algo destacable en el posavasos en cuestión. Veía el citado CD más bien como una oportunidad para desatar al pitufo gruñón que llevo dentro y disfrutar de un poco de esa santa indignación tan reconfortante a la hora de criticar el estado actual de la música y de la cultura en general. A esto se han visto reducidos los placeres de un viejo gruñón. Pero esa es otra historia.

La cuestión, referente a lo que nos toca, es que me vi favorablemente sorprendido al encontrar quizás media docena de canciones bastante aceptables. La mayoría de ellas funcionaban más como placebo recordatorio de otras obras de mayor entidad a las que remitían que como manifestaciones con entidad propia, pero eso es también un efecto secundario de la edad que he aprendido a ignorar en la medida de lo posible, al menos en lo que se refiere al disfrute inmediato. Pero había una que sobresalía por encima del resto. Una canción con una grandeza de primera mano que, aunque también podía remitir a otros artistas –John Cale, Leonard Cohen–, tenía un desconcertante (por el contexto) barniz de cosa genuina. La canción venía firmada por un tal Bill Fay. El nombre me sonaba vagamente pero no terminaba de identificarlo. Era además una época para mí de feroz aislamiento, ni siquiera tenía Internet donde encontrar respuesta. Estuve un tiempo bastante obsesionado con la canción. Canción que ha pasado a formar parte de mis favoritas, no de ese año, sino de siempre. Esta es la canción que me confundió y me hechizó en una época para mí bastante confusa en la que no estaba para hechizamientos ni zarandajas similares.



Comprenderán mi confusión, esto no es algo que uno espera encontrar en una recopilación de pop indie contemporáneo. Sin el beneficio de acceder a Internet y buscar información o simplemente verle la cara al individuo que, por lo que a mi tocaba, podía ser la nueva esperanza blanca de la semana pergeñada por la prensa musical de lo cool, nada parecía tener sentido. Lo que más me impresionó, aparte de la canción es sí –que tiene trazas de clásico atemporal desde la primera escucha– fue la voz. Sobria, aunque con un deje emocional. Sin alardes, pero llevando todo el peso de la canción sin aparente esfuerzo. También me llamó la atención la producción; cuidada pero nítida, yendo a lo esencial. El piano me desconcertó un poco, me parecía que no estaba a la altura del resto de elementos de la canción. Mi pianista de cabecera, interrogado sobre el particular, me dijo que probablemente ni siquiera fuese una persona real tocando el piano, más bien parecía un maquina programada de esas de hoy en día. Pero eso, en el fondo, daba igual. La canción y la interpretación eran suficientemente magnéticas por sí mismas como para preocuparse por esos detalles. Fue bastante tiempo después, cuando he tenido acceso a esa información que me faltaba cuando todo ha vuelto a cobrar sentido.

Como se puede ver en el vídeo, el señor ya tiene sus años (y sí, toca el piano de una manera rara... parece que azuzado por el parkinson o alguna otra enfermedad de ese tipo; no me extrañaría que para la grabación del piano en el disco se hubiesen servido de alguna tecnología satánica). La realidad es que Bill Fay es lo más alejado que se pueda imaginar de una nueva sensación. El inicio de su carrera musical se remonta al principio de los años 70, cuando publicó un par de discos que se podrían encuadrar en ese folk-pop de tintes sinfónicos que cultivaban otros cantautores ingleses de la época como Cat StevensDonovan o Nick Drake, con un ojo puesto al otro lado del Atlántico en el gurú Dylan (¿quién no seguía los pasos de Dylan por aquel entonces?).

De hecho recordé que en una época –tendría unos veinte años– escuché su primer LP en casa de unos amigos e incluso lo tuve grabado en cinta. A lo largo de los últimos 25 años perdí la cinta y la memoria y ahora lo descubría como una cosa nueva. Porque Bill Fay, aunque como he dicho sacó un par de discos bastante notables en los años 70, posteriormente desapareció de la faz de la tierra o, al menos, es lo que debió parecerle al aficionado casual. No debió cumplir las expectativas de ventas y la compañía discográfica se deshizo de él. Con los discos descatalogados y fuera de circulación, solo los seguidores de artistas de culto o malditos debían recordarlo. Yo tuve la suerte de tener unos amigos con unos padres hippies que compraron el disco en su momento. Pero ya ven para lo que me ha servido. En fin, esta es una muestra de sus trabajos iniciales, del segundo LP concretamente. Algo más rock y menos sinfónico que el primero pero igualmente interesante, para que vean de lo que hablo.



Al cabo de los años, a alguien se le ocurrió reeditar los discos descatalogados y, a raíz de los elogios recibidos por algunos gurús del asunto, primero se recupero un disco inédito y con posterioridad, en ese 2012, volvió a grabar después de más de 40 años. Es un fenómeno de la industria musical relativamente reciente y bastante curioso que habría que analizar. La recuperación, como grandes revelaciones del momento, de artistas desechados en su momento. Incluso haciendo alarde de que en su momento fueron condenados al olvido de malas maneras. Así, a bote pronto, se me ocurren los casos de Sixto Rodríguez, Nick Garrie y ahora este Bill Fay. Sospecho que tiene que haber más. Al menos, en este caso, más allá de recuperar algunas grabaciones olvidadas que merecían mejor suerte, ha servido para que vuelva a grabar algo a la altura de lo olvidado por lo menos, probablemente incluso mejor.

El fenómeno, como digo, es curioso y da que pensar. Primero la industria musical decidió que lo del talento no era tan importante –total, la gente con talento suele ser problemática–. Correctamente promocionado, cualquier producto puede ser adquirido por las masas y, para eso, cualquier mindundi con la imagen correcta vale. Ahora parece que han decidido que hasta de los mindundis se puede prescindir. Que sus cubos de basura están llenos de cosas vendibles, coño. Además, los artistas después de estar condenados a veinte (o cuarenta) años de aburrimiento, como dijo el profeta Cohen, ya estarán bastante domesticados y no darán problemas, encantados de tener sus quince minutos de gloria, aunque sea con medio siglo de retraso. A mí, al margen de tener la oportunidad de recuperar alguna que otra gema olvidada, el fenómeno me da bastante grima, sobre todo contemplado desde el punto de vista del artista. Vamos, que a mí vienen a redescubrirme cuarenta años después de haberme mandado a tomar vientos y les digo que tarariqueteví. Bueno, puedo decir eso en mi condición de punk y sabedor de que eso no va a pasar jamás, no soy quién para juzgar lo que hacen otros... ni siquiera lo que haría yo si realmente me viese en una situación así.

Realmente, lo que me fastidia es que me pillase por sorpresa. Porque esta clase de música es la que más me llega. Que cuando estoy aburrido y no sé qué escuchar, me pongo Paris 1919 de John Cale, Chelsea Girl de Nico o el Early Tapes de Cat Stevens, maldita sea. Estas cosas nunca me fallan. Es la mierda que me va, lo que más me pone musicalmente desde hace ya unos cuantos años. Por eso me jode que hayan venido a redescubrirme lo que en este caso ya conocía, pero que de todas maneras debería conocer. Y si no lo conocía con la suficiente intimidad, precisamente ha sido porque alguien decidió que la música de este buen hombre no merecía ser conocida. Pero bueno, la culpa es mía, por tener una memoria lamentable que cada día va a peor. Y de esas cintas de cassette que se esconden por ahí para un día desaparecer para siempre con otro trocito de esa memoria cada vez más pequeñita. Esa que está, realmente, en las manos de algún mentecato con pocas luces. El mismo que ha decidido que, ahora, Bill Fay mola.

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